08/05/2014
Ópera Nabucco
📍 Multicines Cáceres
NABUCCO, la séptima ópera de la Temporada 1ª / 2014 en multicines cáceres , que iniciamos el 30 de enero con AIDA, se grabó en la Arena de Verona (inmenso anfiteatro romano del siglo I, con capacidad para 16.000 espectadores).
Hasta el miércoles día 7 (un día antes) se podrá adquirir entrada anticipada a un precio más económico.
PARTE I: JERUSALÉN
Una obertura interesante da paso a la acción, en Jerusalén, siglo VI a. C. El ejército del rey babilonio,
Nabucodonosor, asedia la ciudad y se dirige al templo de Salomón. Allí se refugian los hebreos (coro: Gli
arredi). Su sacerdote, Zacarías, les insta a confiar “en la eterna ayuda de Dios” (Freno al timor, magnífica
aria para bajo). Por si acaso, ha tomado como rehén a la hija del rey enemigo, Fenena.
A cargo de la prisionera se queda el general Ismael, enamorado de ella, que le libró de la cárcel hace
tiempo. El joven quiere devolverle el favor, pero se lo impide la cruel Abigail, la hija mayor del rey, quien se ha infiltrado en el santuario con su séquito. En el apasionado terceto Io t’amava, se confiesa a Ismael: “Mi amor es una furia, te puede conceder vida o muerte. ¡Podrías salvar a tu pueblo!”. Cuando él la rechaza, jura vengarse. “¡Viva Nabucco!, grita, secundada desde fuera de escena por los soldados.
Altivo, Nabucodonosor ocupa el recinto sagrado: “La compasión será delito”. El plan de Zacarías fracasa,
porque Ismael deja huir a Fenena. Por su culpa, el templo es destruido y los hebreos, expulsados.
PARTE II: EL IMPÍO
En Babilonia, Nabucco ha nombrado regenta a Fenena. Tras un agitado preludio de orquesta, comienza una escena clave (y dificilísima de cantar), el soliloquio de Abigail. En un documento robado al rey, ha descubierto que no es su auténtica hija, sino que desciende de esclavos. Su ira y sus complejos se desatan en la melodía estridente del recitativo Ben io t’invenni, pero le sigue un aria delicada,
Anch’io dischiuso, sobre su inocencia perdida. Será la única vez que se muestre vulnerable.
Los sacerdotes de Baal –la divinidad asiria- consideran una amenaza a la princesa, simpatizante de sus
adversarios hebreos, y se confabulan con Abigail para que se alce con el poder. Para ello, propagan el falso rumor de que el rey ha caído en la batalla.
Por su parte, Zacarías convierte al judaísmo a una infiel, Fenena, en la solemne aria Tu sul labbro. La joven logra así que su amado Ismael se reconcilie con los suyos: el Consejo religioso lo había condenado por traicionar a la patria (“Il maledetto”, le canta el coro, con desprecio), pero ahora ya no es a una enemiga a la que ha salvado la vida, sino a una judía.
La alegría dura poco. Cuando un solado anuncia la supesta muerte de Nabucodonosor, Abigail reclama
la corona. Pero aparece su padrastro, furioso y megalómano: “Solo existe un Dios… ¡yo, vuestro rey! ¡Adoradme a mí!” (Chi mi toglie). Un rayo (la ira divina, suponemos) lo deja inconsciente.
PARTE III: LA PROFECÍA
Abigail se ha proclamado reina de Babilonia. Para apaciguar a Nabucco, le intenta hacer creer que
todo es por su bien, y logra que firme el decreto de ejecución de los israelitas, entre los que se incluye Fenena. El largo dúo en los jardines colgantes (Donna chi sei?) es un diálogo tenso en el que él sufre por la humillación (“¡desgraciado viejo!”) y ella parece disfrutar: “Mucho más vale el trono que un padre perdido”.
Una trompeta conduce a la muerte a los judíos. Cuando el rey es consciente de que entre ellos está Fenena, intenta convocar a sus guardias, que no le obedecen. También trata de desprestigiar a Abigail, pero ella rompe el documento sobre sus orígenes. A Nabucco no le queda otra que renunciar al poder y suplicar piedad, aunque su hijastra no flaquea: “¡No eras así cuando me reservabas al deshonor!”.
En la orilla del Éufrates, los hebreos lloran su anhelada libertad (Va pensiero: “vuela, pensamiento”)
en un coro inolvidable: “¡Ay, mi patria, tan bella y perdida!”. Pero basta de lamentos, les reprocha el profeta Zacarías, que llama a la resistencia. “Sé leer en el vacío del futuro”, dice, y predestina la caída de Babilonia (aria: Del futuro).
PARTE IV: EL ÍDOLO CAÍDO
Nabucodonosor despierta de sus pesadillas -descritas con acierto por la orquesta- y recupera la cordura. Al ver encadenada a su hija, implora el perdón al “Dios verdadero” -el de los judíos- y promete restaurar su templo en Jerusalén (Dio di Judà, fabulosa aria de barítono). Algunos fieles soldados se unen a la causa con un entusiasmado coro guerrero.
En el altar de sacrificios, tras una marcha fúnebre, la princesa Fenena se siente en paz con su alma.
Su cálida Oh dischiuso es la “preghiera” (plegaria) que las heroínas verdianas suelen cantar en el último acto de las óperas.
Justo a tiempo, un lúcido Nabucco aparece, espada en ristre, para aclamar al Dios de los hebreos. Cuando ordena derribar el ídolo de Baal, éste se desploma solo, como por un milagro. Los judíos, liberados de sus cadenas, alaban al cielo y regresan a Jerusalén. La derrotada Abigail se intenta redimir antes de su muerte (algunas versiones cortan la extraordinaria escena de su despedida). Finalmente, Zacarías honra a Nabucco, servidor de Dios y “rey de reyes”.
Estos vídeos os servirán para entender un poco mejor la obra y disfrutarla más. Es una información preparada por nuestro crítico Javier Heras.
1) Con "Nabucco" tenemos que rebajar las expectativas. Bajo ningún concepto puede equipararse a las obras mayores de Verdi, como "Otello" o "La traviata", ya que la escribió muchos años antes. Fue su tercera ópera y aún tenía reminiscencias del bel canto de Mercadante o Rossini (muy evidente en el aria de Fenena del último acto, de puro lucimiento). Digamos que es un Verdi a medio hacer. Pero entendámoslo en su contexto: en 1842, sonaba tan fresco y revolucionario que su talento impresionó al mundo desde antes incluso de su estreno. Así lo relataba una crónica de la época: "Esa música era tan nueva, tan desconocida, tan rápida, que durante los ensayos los operarios, pintores, maquinistas, abandonaban sus tareas para mirar boquiabiertos”.
Hoy, siglo y medio después, la instrumentación nos suena previsible. Siendo amables, diríamos que es enérgica, potente o vigorosa. Pero también machacona y repetitiva. La orquesta suele acompañar con muy pocas armonías (las cuerdas se limitan a reproducir las mismas notas al unísono, en diferentes octavas; y a los vientos apenas les saca partido). No en vano, los expertos dijeron que sus acompañamientos eran "de guitarra", como si bastase con ese instrumento para reproducir a la orquesta entera. Pese a todo, apuntaba maneras, y de la misma forma que en el preludio de "La Traviata" la orquesta exponía el tema central que luego cantaría la soprano en el acto II ("Amami, Alfredo"), en la interesante obertura de "Nabucco" son dos los motivos que se desarrollan instrumentalmente. Primero, "Il maledetto non ha fratelli", que cantará el coro en el Acto II, cuando los hebreos repudian a Ismael por haberlos traicionado (al liberar a la enemiga Fenena, su amada).
-->Este es el coro: https://www.youtube.com/watch?v=mVeK84s-xxo
-->Y esta, la cita de la orquesta al principio de la obra, en el minuto 1.30: https://www.youtube.com/watch?v=QQKwxyeK27A
Si seguimos escuchando la obertura, en torno al 2.22 aparecerá una melodía que nos resultará familiar. Es Va, pensiero, seguramente el coro más famoso de la historia y un himno oficioso en Italia, donde cualquier niño podría cantarlo. Verdi, que si algo sabía era cómo conquistar a las masas, debió de intuir que Va, pensiero sería considerado el momento estelar de "Nabucco", y lo incluyó como cuerpo principal de la obertura. La melodía la expone el oboe / corno inglés, sobre un pizzicato de las cuerdas y un fondo del viento metal.
Hasta el miércoles día 7 (un día antes) se podrá adquirir entrada anticipada a un precio más económico.
PARTE I: JERUSALÉN
Una obertura interesante da paso a la acción, en Jerusalén, siglo VI a. C. El ejército del rey babilonio,
Nabucodonosor, asedia la ciudad y se dirige al templo de Salomón. Allí se refugian los hebreos (coro: Gli
arredi). Su sacerdote, Zacarías, les insta a confiar “en la eterna ayuda de Dios” (Freno al timor, magnífica
aria para bajo). Por si acaso, ha tomado como rehén a la hija del rey enemigo, Fenena.
A cargo de la prisionera se queda el general Ismael, enamorado de ella, que le libró de la cárcel hace
tiempo. El joven quiere devolverle el favor, pero se lo impide la cruel Abigail, la hija mayor del rey, quien se ha infiltrado en el santuario con su séquito. En el apasionado terceto Io t’amava, se confiesa a Ismael: “Mi amor es una furia, te puede conceder vida o muerte. ¡Podrías salvar a tu pueblo!”. Cuando él la rechaza, jura vengarse. “¡Viva Nabucco!, grita, secundada desde fuera de escena por los soldados.
Altivo, Nabucodonosor ocupa el recinto sagrado: “La compasión será delito”. El plan de Zacarías fracasa,
porque Ismael deja huir a Fenena. Por su culpa, el templo es destruido y los hebreos, expulsados.
PARTE II: EL IMPÍO
En Babilonia, Nabucco ha nombrado regenta a Fenena. Tras un agitado preludio de orquesta, comienza una escena clave (y dificilísima de cantar), el soliloquio de Abigail. En un documento robado al rey, ha descubierto que no es su auténtica hija, sino que desciende de esclavos. Su ira y sus complejos se desatan en la melodía estridente del recitativo Ben io t’invenni, pero le sigue un aria delicada,
Anch’io dischiuso, sobre su inocencia perdida. Será la única vez que se muestre vulnerable.
Los sacerdotes de Baal –la divinidad asiria- consideran una amenaza a la princesa, simpatizante de sus
adversarios hebreos, y se confabulan con Abigail para que se alce con el poder. Para ello, propagan el falso rumor de que el rey ha caído en la batalla.
Por su parte, Zacarías convierte al judaísmo a una infiel, Fenena, en la solemne aria Tu sul labbro. La joven logra así que su amado Ismael se reconcilie con los suyos: el Consejo religioso lo había condenado por traicionar a la patria (“Il maledetto”, le canta el coro, con desprecio), pero ahora ya no es a una enemiga a la que ha salvado la vida, sino a una judía.
La alegría dura poco. Cuando un solado anuncia la supesta muerte de Nabucodonosor, Abigail reclama
la corona. Pero aparece su padrastro, furioso y megalómano: “Solo existe un Dios… ¡yo, vuestro rey! ¡Adoradme a mí!” (Chi mi toglie). Un rayo (la ira divina, suponemos) lo deja inconsciente.
PARTE III: LA PROFECÍA
Abigail se ha proclamado reina de Babilonia. Para apaciguar a Nabucco, le intenta hacer creer que
todo es por su bien, y logra que firme el decreto de ejecución de los israelitas, entre los que se incluye Fenena. El largo dúo en los jardines colgantes (Donna chi sei?) es un diálogo tenso en el que él sufre por la humillación (“¡desgraciado viejo!”) y ella parece disfrutar: “Mucho más vale el trono que un padre perdido”.
Una trompeta conduce a la muerte a los judíos. Cuando el rey es consciente de que entre ellos está Fenena, intenta convocar a sus guardias, que no le obedecen. También trata de desprestigiar a Abigail, pero ella rompe el documento sobre sus orígenes. A Nabucco no le queda otra que renunciar al poder y suplicar piedad, aunque su hijastra no flaquea: “¡No eras así cuando me reservabas al deshonor!”.
En la orilla del Éufrates, los hebreos lloran su anhelada libertad (Va pensiero: “vuela, pensamiento”)
en un coro inolvidable: “¡Ay, mi patria, tan bella y perdida!”. Pero basta de lamentos, les reprocha el profeta Zacarías, que llama a la resistencia. “Sé leer en el vacío del futuro”, dice, y predestina la caída de Babilonia (aria: Del futuro).
PARTE IV: EL ÍDOLO CAÍDO
Nabucodonosor despierta de sus pesadillas -descritas con acierto por la orquesta- y recupera la cordura. Al ver encadenada a su hija, implora el perdón al “Dios verdadero” -el de los judíos- y promete restaurar su templo en Jerusalén (Dio di Judà, fabulosa aria de barítono). Algunos fieles soldados se unen a la causa con un entusiasmado coro guerrero.
En el altar de sacrificios, tras una marcha fúnebre, la princesa Fenena se siente en paz con su alma.
Su cálida Oh dischiuso es la “preghiera” (plegaria) que las heroínas verdianas suelen cantar en el último acto de las óperas.
Justo a tiempo, un lúcido Nabucco aparece, espada en ristre, para aclamar al Dios de los hebreos. Cuando ordena derribar el ídolo de Baal, éste se desploma solo, como por un milagro. Los judíos, liberados de sus cadenas, alaban al cielo y regresan a Jerusalén. La derrotada Abigail se intenta redimir antes de su muerte (algunas versiones cortan la extraordinaria escena de su despedida). Finalmente, Zacarías honra a Nabucco, servidor de Dios y “rey de reyes”.
Estos vídeos os servirán para entender un poco mejor la obra y disfrutarla más. Es una información preparada por nuestro crítico Javier Heras.
1) Con "Nabucco" tenemos que rebajar las expectativas. Bajo ningún concepto puede equipararse a las obras mayores de Verdi, como "Otello" o "La traviata", ya que la escribió muchos años antes. Fue su tercera ópera y aún tenía reminiscencias del bel canto de Mercadante o Rossini (muy evidente en el aria de Fenena del último acto, de puro lucimiento). Digamos que es un Verdi a medio hacer. Pero entendámoslo en su contexto: en 1842, sonaba tan fresco y revolucionario que su talento impresionó al mundo desde antes incluso de su estreno. Así lo relataba una crónica de la época: "Esa música era tan nueva, tan desconocida, tan rápida, que durante los ensayos los operarios, pintores, maquinistas, abandonaban sus tareas para mirar boquiabiertos”.
Hoy, siglo y medio después, la instrumentación nos suena previsible. Siendo amables, diríamos que es enérgica, potente o vigorosa. Pero también machacona y repetitiva. La orquesta suele acompañar con muy pocas armonías (las cuerdas se limitan a reproducir las mismas notas al unísono, en diferentes octavas; y a los vientos apenas les saca partido). No en vano, los expertos dijeron que sus acompañamientos eran "de guitarra", como si bastase con ese instrumento para reproducir a la orquesta entera. Pese a todo, apuntaba maneras, y de la misma forma que en el preludio de "La Traviata" la orquesta exponía el tema central que luego cantaría la soprano en el acto II ("Amami, Alfredo"), en la interesante obertura de "Nabucco" son dos los motivos que se desarrollan instrumentalmente. Primero, "Il maledetto non ha fratelli", que cantará el coro en el Acto II, cuando los hebreos repudian a Ismael por haberlos traicionado (al liberar a la enemiga Fenena, su amada).
-->Este es el coro: https://www.youtube.com/watch?v=mVeK84s-xxo
-->Y esta, la cita de la orquesta al principio de la obra, en el minuto 1.30: https://www.youtube.com/watch?v=QQKwxyeK27A
Si seguimos escuchando la obertura, en torno al 2.22 aparecerá una melodía que nos resultará familiar. Es Va, pensiero, seguramente el coro más famoso de la historia y un himno oficioso en Italia, donde cualquier niño podría cantarlo. Verdi, que si algo sabía era cómo conquistar a las masas, debió de intuir que Va, pensiero sería considerado el momento estelar de "Nabucco", y lo incluyó como cuerpo principal de la obertura. La melodía la expone el oboe / corno inglés, sobre un pizzicato de las cuerdas y un fondo del viento metal.