Portal de tu Ciudad Alta

06/11/2014

Romeo y Julieta, Ballet de Prokofiev / Kenneth MacMillan

📍 Multicines Cáceres

🎟️ -

Hasta el miércoles día 5 se podrán sacar entradas a precio reducido. De igual forma están a la venta abonos para tres títulos a precio aún más bajo.
6 de noviembre a las 20:00 horas
(mejor 10 minutos antes).



SERGEY PROKOFIEV

Nacido en Ucrania en 1891 en el seno de una familia culta y acomodada, Sergei Prokofiev
destacó desde su niñez como músico y pianista.
Su educación y posterior carrera se vieron condicionadas por los avatares de la historia. La Primera
Guerra Mundial primero y, 3 años más tarde, la Revolución Rusa dificultaron su formación. Para
escapar de la censura soviética, emigró a Estados Unidos, pero echó en falta el rigor intelectual ruso
y hasta el propio espíritu revolucionario. Triunfó como pianista pero no como compositor. Volvió a
Europa, y se asentó durante algunos años en un París donde bullían las nuevas propuestas artísticas,
lo que le permitió total libertad para crear una música más compleja y disonante. Sea porque
echara de menos a su país o porque no había logrado el triunfo esperado, regresó definitivamente
a Rusia en 1936, cuando la dureza del régimen de Stalin había terminado con las manifestaciones
vanguardistas propiciadas por Lenin. Las obras artísticas debían ir destinadas a exaltar los valores
del espíritu del socialismo. En ese sentido, la colaboración con el cine de Einsenstein en Alexander Nevski o Ivan el Terrible le procuró un enorme éxito. El primer reto de Prokofiev, cuando el Teatro
Bolshoi le encargó el Ballet de Romeo y Julieta, una composición que sufriría todo tipo de avatares,
fue traducir a un medio sin palabras el complejo contenido psicológico del drama de Shakespeare,
para lo cual dedicó una especial atención a detalles del argumento y a la interacción entre la música y
la acción en el escenario. Le asesoró el director de escena Sergei Radlov. Cuando presentó la obra, fue rechazada por su complejidad expresiva y artística. La música les dejó atónitos, no se parecía a nada que hubieran escuchado hasta la fecha. Era “imbailable” y, además, se había atrevido a traicionar a Shakespeare sustituyendo el trágico final por un final feliz.

Alegó criterios coreográficos: los muertos no bailan. Él mismo pudo apreciar que su música no transmitía una felicidad verdadera. Hizo múltiples adaptaciones pero la obra no vio la luz hasta que
se estrenó, con gran éxito, en Brno, Checoslovaquia. Solo entonces se decidieron los rusos a montar el
ballet, reivindicando su encargo y la autoría del compositor soviético. Mucho les costó a los bailarines adaptarse a esta música que se alejaba de las melodías clásicas, de fuertes orquestaciones, pero gracias a las aportaciones y a la mediación del nuevo coreógrafo del Teatro Kirov, Leonid Lavrovsky, que sabía cómo abordar la visceralidad de Prokofiev, pudo por fin estrenarse en 1940 en Leningrado (hoy San Petersburgo) y en 1946 en el Bolshoi de Moscú.
Para sorpresa de todos, la obra triunfó y el régimen la incluyó dentro del repertorio como una obra de
arte soviética, digna sucesora de los ballets de Tchaikovsky.

LA COREOGRAFÍA
Esta versión del británico Kenneth MacMillan es la más cinematográfica. La música y la danza llenan
de vida y color las escenas multitudinarias del ballet. Los espectadores podemos seguir con
detalle a los bailarines, que hacen las veces de habitantes de Verona, donde transcurre la historia.
Es verdad que, a partir del momento en que Romeo y Julieta se encuentran, el resto del escenario no
sirve nada más que como telón de fondo de su amor. Tres soberbios “paso a dos” marcan los
momentos que mejor ilustran la coreografía de este clásico que ha trascendido en la historia: el
encuentro en el baile, donde se exalta la timidez y la fascinación adolescente; la escena del balcón,
mostrando el arrebato precipitado de la declaración de amor; y la mañana posterior a la boda,
con el dolor de la separación. La escena final en la tumba, con un “paso a dos” de Romeo con el
cuerpo sin vida de Julieta, resulta conmovedora.
Kenneth MacMillan murió entre bambalinas el 29 de octubre de 1992, mientras se reponía Mayerling.
Su legado es indiscutible. Estableció una nueva forma de crear ballets con un lenguaje sin tapujos,
a veces excesivamente realista. Desde su muerte, su esposa, la pintora australiana Deborah MacMillan
vela celosamente por la precisión con que se lleva a escena cada una de sus sesenta obras.