Portal de tu Ciudad Alta

17/12/2015

"La condenación de Fausto" de Hector Berlioz

📍 Multicines Cáceres

Director musical: Philippe Jordan
Director de escena y decorados: Alvis Hermanis
Vestuario: Christine Neumeister
Iluminación: Gleb Filshtinsky
Proyecciones: Katrina Neiburga
Coreografía: Alla Sigalova
Maestro del coro: José Luis Basso
Orquesta y coro de la Opera Nacional de París

• Leyenda dramática en cuatro partes
• Estrenada en la Opéra-Comique de París el 6 de diciembre de 1846
• Música de Hector Berlioz, libreto del compositor y Almire Gandonnière a partir de la primera parte del Fausto de Johann Wolfgang von Goethe, traducido al francés por Gérard de Nerval
• Duración: 2h 40 min, incluido un descanso
• En francés con subtítulos en castellano

Que nadie espere de Berlioz un argumento lineal. Apasionado de la literatura, se encaprichó de obras
maestras difíciles de adaptar, como la Eneida de Virgilio (Los troyanos), Mucho ruido y pocas nueces de Shakespeare (Beatriz y Benedicto) o, por supuesto, Fausto; textos largos, densos, inusuales en la ópera del XIX. Al ambicioso compositor francés no le quedó otra que condensarlos en episodios, sin contar la historia completa. Eso sí: trató de respetar su atmósfera y extraer “su sustancia musical”, como explicó en sus memorias. El inmortal personaje creado por Goethe –su desencanto, su pacto con el diablo, su romance con Margarita– le inspiró en 1829 Ocho escenas de la vida de Fausto. Tomó pasajes en prosa y en verso y les dio forma de baladas (la del rey de Thule), canciones (la de la pulga) o himnos corales (la Fiesta de Pascua). No quedó satisfecho y quemó todas las copias de la partitura, pero 15 años más tarde recuperó esas piezas para hilarlas en una gran obra, sumadas a nuevas escenas memorables (el descenso a los infiernos). A los puristas –sobre todo alemanes– no les agradó, pero nadie negará que el músico sabe introducirnos en el mundo interior de Fausto, sus anhelos y fantasías.

PARTE I
Amanece en Hungría (aunque lugar y época son lo de menos) . Fausto, un científico entrado en años, contempla la naturaleza “en soledad, lejos de la lucha humana” (Le vieil hiver). Desde el pueblo llega la algarabía de los aldeanos, que celebran la primavera (Ronde de paysans, el primero de los muchos coros de la obra); él se aleja, incapaz de compartir las alegrías sencillas. En su camino se topa con un regimiento que parte a la guerra, y Berlioz aprovecha para insertar su querida Marcha Húngara, una pieza para orquesta que compuso a partir de una antigua canción folclórica. Sin embargo, ni el contagioso ritmo militar hace que Fausto comprenda el entusiasmo de los soldados por la gloria.

PARTE II
De regreso a Alemania, el sabio reflexiona en su estudio, pesimista (Sans regret). Después de tantos años, nada le ilusiona: “Tierra, ¡solo para mí no tienes flores!”. Llega a pensar en suicidarse, aunque
el lejano coro de la iglesia le evoca la pureza de su infancia, cuando todavía creía en la religión. Justo en ese momento se le aparece Mefistófeles, que ironiza sobre su fe. El demonio lo tienta con placeres insospechados y nuevas experiencias. Solo si lo sigue podrá “conocer la vida y abandonar la farragosa filosofía”. Fausto accede. Se trasladan a la bulliciosa taberna de Auerbach. Uno de los borrachos, Brander, entona su balada sobre una rata que de tanto comer se envenenó (Certain rat). Los demás le dan el pésame: ¡Requiescat in pace! Sobre la palabra Amén, el coro desarrolla una espléndida fuga, a la manera de Bach… pero blasfema (Berlioz se burla de la música eclesiástica). Mefistófeles replica con otra fábula cínica, la fascinante Une puce gentille, sobre una pulga amiga de un príncipe. Fausto se marcha,
harto de tanta vulgaridad. Mefistófeles necesitará otras artes para seducirlo y robarle el alma. A la orilla del río Elba, se tumban sobre un lecho de rosas (Voici des roses). Criaturas etéreas -gnomos y sílfides- lo adormecen con sucanto bucólico. Así el diablo introduce en su mente la visión de la bella Margarita, de la que Fausto se enamora: ya solo puede repetir su nombre. Tras un hermoso pasaje de orquesta (Ballet des sylphes), despierta rejuvenecido. Ansía ver a la mujer, y Mefistófeles promete llevarle a su “alcoba perfumada”. Atraviesan la ciudad mezclados con un grupo de soldados y otro de estudiantes, cuyos coros se entrecruzan; el primero en francés (Villes entourées) y el segundo en latín (Jam nox stella).

PARTE III
Fausto se infiltra en el cuarto de Margarita, que examina “con apasionada curiosidad”. El tenor se luce al fin con un aria romántica, Merci, doux crépuscule, acerca de su ideal de mujer pura. Al oír un ruido, se esconde: es la joven, que viene muy agitada: ha soñado con su futuro amante (también Mefistófeles le está manipulando la imaginación). Se distrae con una canción gótica, la del Rey de Thule. En cuanto Margarita se duerme, Mefistófeles conjura a sus espíritus en un minueto atípico (Menuet des follets), de ritmo irregular -de nuevo Berlioz parodia un género obsoleto-. El diablo retoma la anterior melodía, ahora más lenta, en su sarcástica serenata Devant la maison. Ya ha embrujado a Fausto y Margarita, que cuando se encuentran en la alcoba caen rendidos: “Reconocí tu voz, tus rasgos, tus palabras”, se declaran en el dúo Grands dieux. Pero los interrumpe Mefistófeles, que se lleva a Fausto pitando (Allons!): al parecer los vecinos han visto al joven y han avisado a la madre de ella de que va a pervertir su inocencia. Mientras escapan por el jardín, Fausto piensa en su siguiente cita, con “deseo devorador”, y el demonio se frota las manos: “El amor duplicará tu locura, espíritu orgulloso… se acerca el momento en que te capturaré”.

PARTE IV
Fausto ha abandonado a Margarita, que aun así no ha dejado de esperarlo. En la memorable romanza D’amour l’ardente, lamenta su soledad, acompañada de un precioso corno inglés. Como en su primera noche juntos, se oye un coro de soldados y estudiantes; pero él ya no está. Se encuentra en la naturaleza, a la que invoca para sanarse (Nature immense): “Solo tú das tregua a mi tedio. Gritad, bosques oscuros, mi voz se quiere unir”. Mefistófeles le anuncia que la pobre Margarita ha sido condenada a muerte: ha matado a su madre de tanto somnífero que le daba de beber cuando se encontraba furtivamente con su amado (por supuesto es mentira: quien la envenenó fue el diablo). “¡Sálvala, miserable!”, suplica Fausto. Mefistófeles solo aceptará si el hombre le entrega su alma.
Fausto cae en la trampa. Galopan sobre caballos negros, pero pronto nos damos cuenta -por la aparición
de paisajes de pesadilla, esqueletos, lluvias de sangre- de que no van hacia Margarita, sino al infierno, como describe la orquesta en la impresionante La course à l’abîme. Los reciben los príncipes de las tinieblas, un grandioso coro en una “lengua infernal” inventada por Berlioz (Pandemónium): “¡Él ya es nuestro!”, se jacta Mefistófeles. Gracias al sacrificio eterno de Fausto, Margarita asciende al cielo en el epílogo, rodeada de ángeles (Apothéose).