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07/02/2017

Toda Valencia incumple la ordenanza de ruido

El carillón municipal, los autobuses de la EMT, las obras o el tráfico sobrepasan el límite de decibelios por el que se han prohibido campanas

Toda Valencia incumple la ordenanza de ruido
Si el Ayuntamiento de Valencia aplicara de manera acérrima la Ordenanza Municipal de Protección Acústica, la misma que se ha esgrimido para silenciar las campanas de iglesias de la ciudad, el Consistorio tendría que hacer enmudecer el carillón del edificio municipal, reparar los autobuses de la EMT, reducir el estruendo de las obras del anillo ciclista, prohibir el tráfico de vehículos en la práctica totalidad e incluso limitar la actividad de bares y terrazas en zonas tan turísticas como la plaza de la Virgen. Dicha norma municipal fija en 55 decibelios (dBA) el nivel de ruido máximo permitido en «zonas residenciales» (en áreas industriales aumenta a 70), «entre 55 y 60», fue la 'manga ancha' esgrimida por el alcalde Ribó para fijar la meta deseable para las campanas de los templos. Pero, con 55 o con 60 como límite, la mayoría de las zonas de la ciudad de Valencia incumplen la normativa.

LAS PROVINCIAS lo comprueba recorriendo diferentes puntos de la ciudad con dos aparatos de medición de decibelios: un sonómetro Velleman DVM 805, homologado por la Unión Europea, y una app de pago diseñada para smartphone. Y la ordenanza de ruido es papel mojado ya en el propio epicentro de la ciudad. En el corazón de la plaza del Ayuntamiento se incumple la ordenanza. A las 11 de la mañana, la zona peatonal en la que se disparan las mascletàs es un aparente remanso de paz, con bancos tomados por jubilados viendo pasar la mañana y turistas retratando la fachada del Ayuntamiento. La presión del tráfico no parece excesiva. Pero el sonómetro revela la realidad: cinco minutos en el lugar sirven para atestiguar mediciones que oscilan entre los 63 y los 73 decibelios, casi 20 por encima del límite fijado en la ordenanza.

«Ribó roza la prevaricación con las campanas»

Un minuto de repique

«Ah... ¿pero aquí sí que tocan las campanas», se pregunta Jandro, uno de los ancianos que disfruta un lunes al sol en un banco situado frente a la fachada principal del Consistorio. Su sorpresa nace a las 12 del mediodía, a la hora exacta en que el carillón municipal interpreta unos compases de la 'Marcha de la ciudad'. Lo hace durante algo más de un minuto, con un sonido que llega a los 77 decibelios, muy por encima de los 55 fijados como máximo. Es más, el repique de las campanas se repite a medianoche, y en esa franja horaria el límite baja a 45 dBA. Ni el propio Ayuntamiento cumple la Ordenanza Municipal de Protección Acústica.

Tampoco los vehículos del Consistorio se ajustan al ruido máximo permitido. Los autobuses de la Empresa Municipal de Transportes son un buen ejemplo de ello. Un autocar de la línea 8 bufa a su llegada a la parada de la avenida Marqués de Sotelo. Un niño se tapa los oídos mientras los frenos chirrían. 82 decibelios marca la app del teléfono móvil. La medición del sonómetro no baja nunca de los 70, también muy por encima del límite de la ordenanza.

No muy lejos del cogollo del centro de la ciudad, un 'triunvirato' convierte la calle Xàtiva en una vía poco apacible de embotellamiento de tráfico, polvo... y estruendo por las obras. La construcción del anillo ciclista, con epicentro ahora mismo en la confluencia con Colón, pone sobre la mesa el 'techo' de contaminación acústica en la ciudad en la jornada de mediciones llevada a cabo por este periódico: 89 decibelios. Aunque la normativa sí eleva el límite sonoro para trabajos «que se realicen en la vía pública y en la edificación, si no se emplea maquinaria cuyo nivel de presión sonora supere como nivel máximo los 90 dBA».

En un octavo piso

El uso de los dos sonómetros permite sacar otra conclusión: la contaminación acústica que, según un denunciante, causaban las campanas de la iglesia de San José de la Montaña, una de las acalladas por orden del Ayuntamiento, no es el principal problema de estruendo en dicha zona de la Pechina. Subimos a un octavo piso y medimos el sonido ambiente en el exterior de la calle, a ras del campanario acallado por el Consistorio y lejos del mayor punto de ruido de tráfico. El resultado, 72 decibelios, de nuevo muy por encima del límite de 55 fijado en la ordenanza municipal, y pese a la prohibición municipal a las religiosas de San José de la Montaña de hacer sonar su centenario reloj. Y 'rebobinamos': el carillón del Ayuntamiento de Valencia se planta en 77 dBA.

La presión del tráfico es el principal elemento perturbador y de incumplimiento de la ordenanza. Con el sonómetro se puede comprobar en grandes vías como la calle Xàtiva, Guillem de Castro o los dos márgenes del viejo cauce, en los que se alcanza hasta los 80 decibelios. O incluso más: en la Gran Vía Marqués del Turia, con cada estampida de motos, coches y demás vehículos en los pasos de cebra, el audiómetro llega a 83 dBA.

Otro dato curioso: ni siquiera zonas que podrían pasar por plácidas o tranquilas en la ciudad, como la plaza de la Virgen, se salvan del asedio de la contaminación acústica. En dicho escenario, pasada la una del mediodía y sin una presencia especialmente notable de turistas ni paseantes, la medición arroja un resultado de 65 decibelios, también por encima del límite de la ordenanza de ruido. Si el Consistorio aplicara de manera tan estricta la norma como con las iglesias privadas de sus campanas, las terrazas y bares de la zona podrían ver limitada su actividad por ruido exterior.

Oasis de 'silencio'

Hay muy pocos oasis de 'silencio' en la capital. Apenas las zonas ajardinadas o peatonales se salvan. El repaso callejero de LAS PROVINCIAS permite dar con dos de ellos. Uno de ellos, los jardines del MUVIM, en la calle Hospital, con unos silenciosos 52 decibelios. El otro, la plaza de San Nicolás, a espaldas de una de las parroquias que desde hace unos días no puede hacer repicar sus campanas, en la que el sonómetro revela unos tranquilos 51 dBA. El viejo cauce, situado unos metros por debajo del nivel ruidoso de la ciudad, es también un escenario sin contaminación acústica. Las mediciones echan por tierra el espíritu de la normativa municipal, la que se plantea como objetivo «proteger la salud de los ciudadanos y mejorar la calidad de su medio ambiente». Y ello pese a que en el texto municipal se deja bien claro que «ninguna fuente sonora podrá transmitir niveles de ruido y vibraciones superiores a los límites establecidos, con la consiguiente regulación para espacios residenciales, los destinados a usos sanitarios o docentes (se rebaja el límite a 45 decibelios, o 35 por la noche) y zonas terciarias o industriales.

La ordenanza municipal pretende «prevenir, vigilar, y corregir la contaminación acústica en sus manifestaciones más representativas (ruidos y vibraciones)». En ella se señala como «umbral doloroso» los 130 decibelios, registros que no se alcanzan en la capital, que aún así es una 'ciudad sin ley' en lo que al ruido se refiere.


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31/08/2021

Alberic renueva su apuesta solidaria para que todas las familias cuenten con un puchero navideño

13/11/2020

Alberic renueva su apuesta solidaria para que todas las familias cuenten con un puchero navideño

Ninguna familia de Alberic sin puchero navideño. Ese es el propósito de la renovación de la campaña que, desde hace años, particularizan los Servicios Sociales del Ayuntamiento de Alberic y que cuenta con una gran acogida, tanto por los beneficiados como por el resto de la población, que valora el acto de solidaridad en unas fechas muy especiales, que este año, además, estarán enmarcadas en la recesión económica como fruto de la pandemia del Coronavirus. “Un putxero per Nadal” ha permitido desde hace años (y también este) suplir las carencias de las familias más necesitadas del municipio, a las que el consistorio entregará un vale canjeable en los comercios locales para que adquieran los alimentos necesarios para cocinar un típico plato navideño en fechas tan señaladas. La solicitud con la documentación para acceder al donativo se tendrá que presentar desde el 12 al 25 de noviembre. Para poder optar a los alimentos, las familias deben cumplir unos requisitos que permiten a la corporación municipal comprobar el grado de necesidad. Entre las medidas que se exigen figura estar empadronado en la localidad, presentar la solicitud junto al certificado de pensiones, el del Servef y la última nómina en el caso de trabajar. Después del proceso, los seleccionados recibirán un vale mediante el cual podrán adquirir en los comercios de Alberic los alimentos para elaborar el puchero. “La propuesta nació hace ya muchos años y la verdad es que siempre ha disfrutado de muy buena acogida porque es un acto solidario muy bonito en unas fechas de gran tradición familiar. El Ayuntamiento se ha definido siempre por la solidaridad con aquellos que más lo necesitan y, desgraciadamente, la situación de crisis nos hace pensar que pueden ser más los que accedan a este tipo de ayudas porque la crisis del Covid-19 ha provocado que las complicaciones económicas sean mayores entre las familias. Es por ello que ratificamos la apuesta y continuamos nutriendo a los Servicios Sociales para que desarrollen un trabajo hercúleo en beneficio de los vecinos y vecinas de Alberic”, argumenta el alcalde y concejal de Servicios Sociales, Toño Carratalá.             Sin ir más lejos, el Ayuntamiento de Alberic, dentro del Plan de Emergencia y Reactivación Económica para paliar los daños en la economía local provocados por la pandemia del Covid-19, hizo crecer la partida destinada a los Servicios Sociales en 65.000 euros para abastecer las nuevas necesidades ciudadanas. Otras propuestas han permitido diseñar una campaña multiárea en la que también se integran las concejalías de Sanidad de Isabel Beta o la de Seguridad de María Dalmau para coordinar a los agentes locales de la Policía con las técnicas de los Servicios Sociales para tener una mayor presencia junto, por ejemplo, a las personas mayores que viven solas y que por lo tanto no cuentan con la compañía necesaria.