08/02/2016
Las universidades se embarcan como accionistas en una veintena de empresas
abc | Regional
Según los datos recabados por ABC en las universidades públicas de Valladolid, León y Burgos, las empresas activas impulsadas por docentes e investigadores en plantilla alcanzan en estos momentos la veintena. Salamanca, que asegura haber lanzado numerosos proyectos -más de treinta en los últimos dos años-, explicó a este periódico que no participa económicamente de ninguno de ellos, pero avanzó que está «a punto de aprobar un nuevo reglamento que regulará este aspecto».
El nacimiento de estas sociedades conlleva por ley la participación de la universidad en el accionariado, que se puede realizar tanto en aportaciones dinerarias como a través de bienes, derechos de propiedad industrial o intelectual y servicios, y que será valorada según su valor de mercado. Salvo que las circunstancias específicas así lo aconsejen, la entrada ronda el 10% del capital. No se puede hacer cualquier cosa. «No se trata de que unos cuantos saquen provecho de algo que se consigue con los recursos de la universidad», subraya el director del Parque Científico vallisoletano, Celedonio Álvarez, quien enmarca la explotación comercial en una operación de transferencia de conocimiento.
La presencia de la institución académica lleva aparejada una estricta regulación que pretende garantizar que ese intercambio de «sabiduría» responde al espíritu comprometido. Por ejemplo, la universidad prácticamente nunca asume ampliaciones de capital y tampoco toma decisiones ejecutivas en la gestión, pero sí exige la rendición de cuentas y estipula las fórmulas adecuadas para que se canalicen los retornos económicos. El emprendimiento en el seno académico es un camino poco transitado. Es más habitual la explotación de patentes en contratos que dan rédito a la universidad en concepto de royalties y beneficios a la plantilla.
Básicamente, la teoría persigue que el profesor que crea en su idea encuentre en su centro el apoyo necesario para sacarla adelante. Tiene nombre propio. Se denominan empresas de base tecnológica (EBTI) o «spin-off» y comparten como singularidad que buscan explotar las innovaciones y los conocimientos generados a partir de una actividad investigadora e intelectual.
Hacen compatible, al menos durante un tiempo, la función y el cargo de profesor o investigador universitario con la de empresario y promotor de una empresa. Colaboración, tecnología, interacción, retroalimentación, servicios compartidos, espacios disponibles... todo lo que suele ofrecerse desde los parques científicos pero, además, de la mano de un socio «singular» que permite encauzar legalmente el saber hacer -el «know how»- de sus cerebros.
La mayoría, en Valladolid
En Valladolid, donde están asentadas once de las 19 existentes, estas compañías se enmarcan en su mayor parte en el sector de las TIC, aunque también las hay de desarrollo de software y aplicaciones móviles, biomedicina, sector farmacéutico, nanotecnología, consultoría y sector agroalimentario. Excepciones son las lanzadas por las ramas de humanidades, aunque haberlas haylas. Es el caso de Agilice, creada por la catedrática de Literatura Española Pilar Celma con el objetivo de comunicar a la sociedad los resultados de la investigación en distintas ramas de las humanidades. Por antigüedad, sólo la sociedad que se creó a partir de la puesta en marcha del Instituto de Oftalmobiología Aplicada se remonta a 2002; el resto surgen a partir de 2009.
En León, el listado de EBT apenas sustenta cinco proyectos. Tres vieron la luz en 2012, 2013 y 2015, pero dos de ellas son veteranas con más de quince años de andadura. Bioges Starters, fundada en 2001, se convirtió en noticia hace apenas dos meses por repartir beneficios con la Ule, que por primera vez recibía una «donación» fruto de su implicación en una «spin-off». Serán 6.000 euros que se dedicarán a fomentar la investigación.
El rector, José Ángel Hermida, tiene claro que hay que mantener la apuesta por esta vía y el vicerrector de Investigación, Miguel Villena, comparte el objetivo y destaca que la universidad no es en las EBT «un socio más». Su implicación permite firmar acuerdos colaterales con los que la institución busca beneficiar a sus alumnos, por ejemplo, habilitando becas.
En Burgos hay registradas tres «spin-off» participadas por la universidad, pero una de ellas está en proceso de disolución porque su promotor ha decidido «volver» a su dedicación previa. Marta Sendino, técnico de la Oficina de Transferencia de los Resultados de Investigación de la Ubu, hace hincapié en las carencias de los investigadores que se lanzan a la promoción empresarial. «Normalmente no tienen formación de gestión o administración y eso dificulta la puesta en marcha de sus proyectos, pero desde la universidad se ofrece un apoyo constante para salvar esos obstáculos».
Camino por recorrer
Todos ellos son conscientes de que la última palabra la tiene el emprendedor. Y mal que nos pese, aulas adentro no hay demasiados. «Hay mucho camino por recorrer», reconoce el director del Parque Científico de la Uva. Celedonio Álvarez admite que las empresas de base tecnológica no viven un repunte. La «revolución» se está viviendo alrededor. Son los alumnos quienes tienen grabada a fuego la necesidad de generarse su futuro si quieren un empleo. «Se han disparado las consultas de los estudiantes a la oficina de emprendimiento buscando asesoría y cada día se analizan más proyectos, pero el nacimiento de EBT entre el profesorado está más vinculado a las oportunidades que ofrezca cada línea de investigación».
El asunto no es baladí. Los conceptos de transferencia del conocimiento y empresas de base tecnológica ni siquiera existían hasta hace una década. Quizá, por fin, se ha roto esa «burbuja» que tradicionalmente ha desconectado de la realidad económica al mundo académico. Ya nadie discute la necesidad de arropar y promover la creación de un ecosistema empresarial alrededor de los departamentos que sea capaz de explotar comercialmente lo que allí se «produce».
Sin tradición ni entorno
Tampoco es ningún secreto que las universidades de Castilla y León no se caracterizan en el panorama nacional por su perfil innovador ni arriesgado -entre 2005 y 2014, los cuatro centros públicos de la región habían registrado 222 patentes, menos de la mitad que la Politécnica de Madrid en solitario-.
Su tamaño y entorno no ayudan en esta tarea. Los macrocampus madrileños, catalanes, vascos e incluso «mediterráneos» son la envidia de los que defienden una apuesta nítida por la perseguida I+D+i, con sus vínculos permeables con el mundo de la empresa y el apoyo «decidido» de las políticas públicas. Todo con matices, porque las cifras sin más pueden distorsionar la radiografía y, por ejemplo, no es lo mismo comercializar ciertos productos en zonas industriales sobrepobladas que en Castilla y León. El diagnóstico cambia cuando se trata de aplicaciones en sectores potentes en la región, como la automoción o la agroindustria, donde la fortaleza es mayor. Algo así como que «los peces crecen según el tamaño de la pecera».
«Para transmitir emprendimiento hay que haberlo intentado»
Es catedrático de Biología Celular de la Universidad de León y coordina el equipo de investigadores de Neurobiología del Instituto de Biomedicina. Su marca garantiza al cliente «honestidad» y presenta una experiencia de más de diez años en ensayos personalizados para probar el efecto neuroprotector de moléculas contra el derrame cerebral. Reconoce que esta aventura empresarial, que formalmente comenzó en enero de 2015, tiene un mérito singular en una universidad «pequeña», pero también que la seguridad que da la experiencia personal le animó a dar el paso. «Ninguno de mis profesores era emprendedor», recuerda sin acritud, para reconocer que es complicado transmitir ese espíritu cuando no se ha vivido ni intentado en primera persona. «Yo ahora lo intento y la sangre nueva lo lleva dentro».
Formación «de lo suyo» no le falta, pero echa de menos conocimientos básicos de empresa y un asesoramiento muy práctico, más allá de lo que se encuentra en la web. «Es la parte que más esfuerzo supone, porque resolver asuntos con Hacienda o la Seguridad Social es algo que no hacemos habitualmente».
En su opinión, la universidad ha vivido en una burbuja protegida del «mercado» y en un entorno que muchas veces no contacta con el mundo real, pero esta convencido de que la evolución natural irá fusionando universidad y empresa.
«La universidad es el socio ideal para el intercambio de conocimiento»
Los dos están enlazados con la Escuela de Ingeniería del campus soriano de la UVA. Allí, Rodríguez da clases y Lizarralde realizó su tesis doctoral. Su proyecto es una consultora innovadora en el sector forestal dedicada a la «búsqueda de soluciones integrales de investigación, desarrollo, innovación, transferencia de tecnología y formación especializada, soluciones de alto valor añadido».
Íñigo Lizarralde se confiesa un convencido de la necesidad de aplicar la transferencia de conocimiento y no duda ni un segundo de que la relación con la Universidad de Valladolid es una baza ganadora para ambos. «Encajan a la perfección con nuestro objetivo», explica, dando valor al apoyo real que reciben de la institución. «Más allá de la imagen o la comunicación que nos ‘prestan’, está la colaboración con otras empresas y los proyectos compartidos que surgen allí».
Las sinergias experimentadas desde que en octubre de 2013 arrancaron le permiten afirmar que no se equivocaban al pensar en la universidad como un «socio natural» y que a estas alturas saben que es «mucho más». Sonríen al recordar que entonces no parecía ser el momento más adecuado para «saltar al vacío», pero dos años «y pico» después han aprendido a lidiar con la gestión del día a día y a ir cumpliendo objetivos. Este año incorporarán a dos mujeres a su plantilla. No quieren que la UVA salga de su capital. Su respaldo no fue tanto financiero como de «materia gris». «Aquí desarrollamos conocimiento e innovación; ellos son nuestro mejor aliado».
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