11/02/2011
Cómo comer mejor
sobre los alimentos…), etcétera. El resultado de la elección alimentaria se refleja en el estado nutricional y a medio y largo plazo, en la salud física y mental.
En los países desarrollados, las enfermedades cardiovasculares y la obesidad (con un fuerte vínculo con la alimentación), son las enfermedades crónicas que marcan el paso de las estrategias sanitarias de prevención y control en la actualidad. En España, el proyecto de Ley de Seguridad Alimentaria y Nutrición incluye recomendaciones importantes para poner límite a los nutrientes más perjudiacles como los azúcares y el sodio, que se deben seguir en el ámbito escolar. Estos son junto a los ácidos grasos saturados los nutrientes cuyo exceso tiene un mayor impacto negativo en la salud de las personas.
En cualquier caso, son recomendaciones que se pueden trasladar al resto de la población. La meta que se pretende es que el consumidor ingiera estos nutrientes en cantidades limitadas para reducir
el riesgo de enfermedades crónicas como las cardiovasculares y la obesidad. Para conseguirlo, además de las campañas informativas y formativas dirigidas a la población general, se cuenta con
el papel activo de la industria alimentaria. Su compromiso debe dirigirse a la mejora de la calidad nutricional de sus productos o su reformulación, para adecuarse a las recomendaciones nutricionales
y posibilitar al consumidor elecciones alimentarias más saludables.
Freno al azúcar añadido
Un consumo desproporcionado de dulces es uno de los malos hábitos alimentarios que se cometen. Ante este riesgo sanitario, la Organización Mundial de la Salud (OMS) propone a los fabricantes
de alimentos que añadan un máximo del 10% de la energía procedente de los azúcares durante la preparación o elaboración de los alimentos, aunque esto no siempre se cumple.
En cuestión de ingestas recomendadas, en una dieta de 2.000-2.200 calorías para personas adultas sanas, el aporte de azúcar debe representar el 18%* del valor energético total, lo cual equivale a
unos 90-100 g de azúcares (85 gramos de azúcar máximo para niños de entre 5 y 10 años*). Esta sería la cantidad máxima recomendada para consumir en todo el día. Un vaso de leche con cacao, dos galletas de chocolate y un vaso de zumo suponen la mitad de lo recomendado, unos 50 gramos. A este importe queda sumar el resto de azúcares que se come a diario; desde el azúcar añadido como edulcorante, el que llevan otros productos elaborados (néctares, mermelada, bollería, repostería, galletas, cereales de desayuno, yogures, batidos, refrescos, golosinas y demás) y el presente de forma natural (frutas, miel, zumos…).
Es fácil que cualquier persona (y más un niño) acostumbrada a comer alimentos dulces o azucarados supere la dosis recomendada de azúcares, con las consecuencias sanitarias negativas que
ello supone. La obesidad, la diabetes, la hipertrigliceridemia y la caries son algunos de los trastornos asociados.
Menos sal es más salud
Estees el título escogido por el Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad para la futura campaña dirigida a la población a favor de un menor consumo de sal, enmarcada dentro del “Plan de reducción de sal para luchar contra la hipertensión”. Según el último estudio realizado por la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN), el consumo medio de sal de la población española es de 9,8 gramos diarios, el doble respecto a lo recomendado por la OMS (5 g de sal para
las personas adultas; 3 g/día en niños menores de 12 años). De la investigación se desprende que solo el 20% de la sal es añadida por el consumidor durante el aderezo o el cocinado, mientras que el
75% proviene de los alimentos procesados o consumidos fuera del hogar. De los 1.200 alimentos analizados, el pan y los panes especiales, el jamón serrano, los embutidos, los fiambres y los lácteos y sus derivados son los alimentos que más sal aportan a la dieta de los españoles.
Por medio del Plan, se pretende conseguir una reducción del 20% del contenido de sal en los productos más salados en un período de cuatro años, de 2010 a 2014. Entre las iniciativas para conseguir este propósito están los acuerdos a los que se trata de llegar con la industria alimentaria y su información al consumidor en el etiquetado nutricional, así como la reducción de sal en la comida de los comedores colectivos y de los establecimientos de hostelería y restauración.
En el sector de la panadería se ha superado el objetivo al reducir en cuatro años (2005-2009) hasta un 26,4% la sal contenida en el pan, gran éxito dada la relevancia que tiene el pan en la dieta
diaria. La clave parece residir en reducciones paulatinas, lentas pero constantes, con el fin de habituar el paladar del consumidor a un alimento menos salado sin que sea consciente de ello.
En España, una de cada tres personas adultas es hipertensa (definida la hipertensión arterial por cifras de presión arterial superiores a 140/90 mmHg), y hasta un 68% de los mayores de 65 años.
La hipertensión, que se estima que afecta a unos 10 millones de españoles, es una de las causas principales de muerte por ictus y cardiopatía coronaria.
La grasa, a raya
La grasa saturada y la grasa trans (grasa vegetal parcialmente hidrogenada) son los dos tipos de grasa que más preocupan en cuestión de salud pública. Su consumo en exceso, en particular el de la grasa trans, se ha evidenciado como el más peligroso a nivel cardiovascular, lo que compromete seriamente la salud del corazón y las arterias.
La OMS recomienda que el consumo de ácidos grasos trans no supere el 1% de la ingesta energética total (2 a 2,5 gramos por día para una dieta de 2000-2500 Kcal), y el 10% para la grasa
saturada. A nivel europeo, en 1995 se inició el estudio TRANSFAIR cuyo objetivo fue valorar el consumo de ácidos grasos trans en 14 países. Los valores medios oscilaron entre 1,5 y 5,4 g/día
entre los diferentes países, y en España la ingesta se estimó en 2,1 g/día (0,7% del aporte total de energía). En estudios recientes realizados por el Centro Nacional de Alimentación perteneciente a
la AESAN, en los que se determinó el perfil de ácidos grasos de productos de bollería, cereales, aperitivos, patatas fritas, galletas, chocolates, cremas de cacao, margarinas, paté y embutidos entre
otros, se detectaron contenidos de ácidos grasos trans en general inferiores al 1% del total de ácidos grasos. Esta nueva información sugiere que la ingesta de ácidos grasos trans en la población
española ha disminuido. De hecho, en Europa, los contenidos de grasa vegetal parcialmente hidrogenada en los alimentos se han reducido con respecto a los obtenidos en el informe TRANSFAIR gracias a los cambios en los procesostecnológicos de obtención de aceites vegetales hidrogenados.
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