27/11/2020
Historia de un hombre sabio y bueno, Javier Hernández-Pacheco
Debió ser allá por el año 82 más o menos. Estábamos poniendo en marcha la facultad de filosofía de la Hispalense. Un buen día apareció con corbata y traje azul marino un mozo alto y sonriente. Traía bajo el brazo dos tesis doctorales: una defendida en la Universidad Complutense sobre Tomás de Aquino; otra sobre Heidegger presentada, ¡en alemán!, ante la de Viena. Se llamaba Javier Hernández-Pacheco. Su llegada revolucionó el departamento. Nos enseñó que, con tal de proponérnoslo, podríamos hacer filosofía de verdad y además sería enormemente divertido. Así comenzaron unos años que no olvidarán quienes los vivieron. Horas y horas charlando sin parar en el viejo edificio de Puerta Osario… noches febriles de insomnio preparando clases, poniendo a punto artículos, libros, conferencias… autobuses fletados para desembarcar todos juntos, profesores y alumnos, en cualquier sitio donde hubiera algo interesante que oír y donde nuestra voz fuera escuchada… iniciativas a cada cual más fantástica: fundar una revista científica (o dos, o incluso tres), abrir una colección editorial, crear una sociedad de filosofía andaluza, un instituto de filosofía de la economía, una cátedra de filosofía alemana… No formábamos una escuela, ni creíamos que fuese bueno hacerlo. Cada cual tenía su propio proyecto y se abstenía de imponerlo a los demás. Tampoco hubiera sido fácil conseguirlo: todos éramos obstinados. Y el más terco de todos era la de Javier. Terco y rebosante de ideas: pretendía nada menos que elaborar una síntesis —genial, como todo lo suyo— del pensamiento clásico y el moderno. Aristóteles y Hegel eran las dos luminarias de la empresa y se proponía fusionarlos, resolviendo de paso todos los problemas de este atribulado mundo. Los colegas no estábamos dispuestos a dejarnos convencer, así que sin parar reiniciábamos la discusión, sin tregua ni punto final, semana tras semana, mes tras mes…
La filosofía por supuesto no lo era todo. También estaba la vida: nos casamos unos con otras, tuvimos hijos, apadrinamos recíprocamente nuestras criaturas. La fiesta continuaba; aquello no parecía tener fin. Sin embargo, lo tuvo: veinte o treinta libros y diez o doce niños después las cosas empezaron a enredarse, como siempre ocurre. En los tiempos difíciles que llegaron descubrí la entereza de mi amigo. No es solo una frase decir que las causas perdidas son las únicas por las que merece la pena luchar. Javier tenía un olfato infalible para detectarlas. Junto a él encajamos toda una gloriosa serie de derrotas. Ni nuestro modelo de universidad prosperó, ni tampoco triunfó la idea de filosofía que promovíamos. Pero pude aprender de él en qué consiste la lealtad a toda prueba, el fair play, la dolorida alegría de haber peleado hasta el final una buena batalla. Recuerdo una ocasión concreta: en un bar los dos lamíamos nuestras heridas (las suyas eran peores que las mías). Entró un lotero muy atildado (¿qué habrá sido de él?) y le espetó a Javier: “¡Caballero!... La solución a todos sus problemas… ¡40 millones!” Mi amigo le miró como diciendo: “Si usted supiera cuáles son mis problemas…” Curiosamente, la escena se repitió dos años después: acababa de ser padre de mellizos y exclamó con aquellos ojos chispeantes que iluminaban su rostro: “¡Ahora sí! ¡Véndame ese billete, por favor!”
Y es que entre tanto habíamos renunciado a la insensata pretensión de cambiar el mundo. Eso sí, sin arriar nuestros pabellones. Javier, que tenía un alma romántica, usó de la elegancia a la hora de la retirada. No es posible conseguirlo todo: formular un sistema de pensamiento y difundirlo. Así que optó por lo primero, se olvidó de giras o mecenas y se concentró en las clases (siempre fueron magníficas) y en su obra. Ocupa más de 16 volúmenes en la recopilación que se completó hace poco. Ojalá que la Universidad de Sevilla tenga el buen juicio de conservar ese tesoro y ponerlo a la disposición de todos.
Javier era filósofo y era cristiano. Las dos cosas iban de la mano dentro de él. También era profundamente liberal en un sentido muy concreto: estaba tan firmemente convencido de la religión que profesaba y de la filosofía que construía, que le resultaba odiosa la perspectiva de que nadie impusiera al resto de la humanidad una presunta verdad o justicia por medio de leyes y reglamentos. También era un sevillano apasionado (de la provincia de Badajoz, como buena parte de nuestros conciudadanos). Al principio le costó aclimatarse, después de varios años en Centroeuropa. Recuerdo que un día me dijo: “¡Esta es una ciudad donde no tiene sentido limpiarse los zapatos!” Por entonces la mitad de las aceras estaban aún pavimentadas con albero. Pero hasta el albero acabó gustándole… y meterse dentro de las bullas de Semana Santa persiguiendo un paso tras otro (mientras yo le seguía con la lengua fuera)... y afiliarse a la hermanad rociera de Triana, de cuya junta directiva formó parte… y llevarla a Ella, cuando algún almonteño lo colaba debajo del paso los lunes por la mañana...
Era Pacheco un tipo tan colosal, que le gustaba hacerse pequeño. Hasta motejó de “gripecilla” al covid que lo llevó a la tumba. En la misa que ayer le celebramos pusieron delante del altar una urna minúscula con sus cenizas. Era imposible que un mocetón así cupiera dentro de ella y me sentí embargado por la emoción. Pero, ¡cómo no!, de inmediato recordé una anécdota suya que me hizo esbozar una sonrisa. Me había contado alguna vez que en tiempos de la república un antepasado suyo con responsabilidad política fue quien introdujo en España las primeras incineradoras. Luego se enteró que había ido a parar a ellas una prima suya (llamémosla Clara). Mostró su disgusto y, cuando le recordaron que él mismo había puesto en marcha el sistema, replicó indignado: “¡Sí, pero no para la prima Clara!”
Querido Javier, desde ese Cielo en el que estás y sobre el que con tanto acierto has escrito, espero que seguirás enseñándonos a sobrellevar con alegría las penas de esta vida, empezando por la de no volverte a verte entrar por la puerta con tu pantalón de pana y la bufanda al cuello.
*Juan Arana Cañedo-Argüelles es Catedrático de Filosofía de la Universidad de Sevilla, académico numerario de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas así como profesor visitante en Maguncia, Münster y París VI –La Sorbona–, director de la revista de filosofía Naturaleza y Libertad y autor de numerosos libros.
Fuente: El periódico extremadura