11/01/2016
Gente mayor, fincas menudas
Atrapadas en un mar de dificultades al alza, las pequeñas firmas comerciales citrícolas pugnan por sobrevivir
Esta es la historia triste de una cooperativa citrícola valenciana que tiene ante sí adversas perspectivas, pero las circunstancias que detalla su presidente no son exclusivas de su empresa, sino que, desafortunadamente, son comunes a otras entidades comerciales de tamaño y escenario similar, cooperativas o no, que atraviesan dificultades e incertidumbres parecidas.
La condición que ha puesto el responsable de esta cooperativa para contar su pequeña historia y permitir que se publique es la del anonimato en la narración. El motivo de tal exigencia es evitar peores consecuencias comerciales. La razón de aceptarlo así es el convencimiento de que lo que aquí se cuenta es totalmente cierto y no solo en este caso, sino en muchos otros, por lo que es un secreto a voces que muchos callan bajo figuras retóricas que conviene desmadejar. A estas alturas parece oportuno ir sacando a la luz el verdadero alcance de una situación muy problemática y extendida que amenaza a gran parte del sector agrario valenciano y a su más importante producción exportadora. Seguir escurriendo el bulto no sirve de nada; por el contrario, poner las cartas sobre la mesa aún puede valer para que se tome conciencia de lo que estamos perdiendo, por si alguien alcanza aún a tomar decisiones que frenen el anómalo proceso.
La cooperativa en cuestión es de tamaño pequeño y de ámbito local; la cooperativa de un pueblo valenciano relativamente cercano a la capital. Llegó a aglutinar cerca de 20 millones de kilos de producción de sus socios, lo que ya era un volumen pequeño para lo que se veía venir, pero aún ha ido a peor y en la actualidad se ha reducido a la cuarta parte.
El complicado escenario solo permite viabilidad a los grandes y deja hueco para marquistas
El crecimiento de los cascos urbanos, polígonos industriales e infraestructuras se ha 'comido' enormes superficies de cultivo y ha contribuido a desarticular muchas estructuras, lo que a la vez ha inducido el abandono masivo de muchas explotaciones que no llegaron a 'beneficiarse' del 'boom' inmobiliario.
Sin rentabilidad
La brutal caída de la rentabilidad de los últimos años ha condicionado que no haya capacidad de renovación ni de ampliación y por consuieguiente no se ha dado el necesario relevo generacional. Los jóvenes se fueron en busca de mejores ocupaciones tras pasar por la universidad o directamente a ocuparse en oficios que dieran un sueldo seguro al mes y garantías sociales en caso de fallar el trabajo. Los sinsabores del campo que sufrían en casa suponía incertidumbres inasumibles en estos tiempos.
El presidente de esta cooperartiva define la situacióin a la que se ha llegado con esta frase: «Solo tenemos gente mayor y campos menudos, que no son rentables». Un panorama en el que no queda margen de maniobra. No se puede ir a más, solo cabe retroceder y todo apunta a un final seguro. El presidente indica que «cada vez tememos más que no haya salida posible, nos preguntamos si deberíamos haber arrojado ya la toalla y si resistimos contra viento y marea es únicamente por la dignidad de aguantar mientras quede un resquicio y por defender el capital social que es de todos, pero cada día pinta algo peor».
Al hacerse cargo de la entidad y estudiar la situación económica, el actual equipo rector trazó un plan que consistía en agruparse con una entidad comercial mayor. Su idea, por convencimiento y en consonancia con lo que se predica desde todas partes, es la de asociarse con otros para ganar tamaño y poder acceder en mejores condiciones de negociación ante las grandes cadenas de distribución que dominan el mercado. Todo esto es al menos el planteamiento que se suele predicar.
Sin embargo, la prueba salió fatal; el idilio comercial duró pocos meses, media temporada. La campaña de la Clemenules pintó aquel año mal para todos y los responsables que tenían que salvarlo todo tendieron a poner a flote primero lo de quienes ya estaban desde antes en el barco. Las clementinas de los socios de esta entidad se quedaron pudriéndose en las cámaras. Lo de la solidaridad cooperativa queda bien sobre el papel, pero a la hora de la verdad lo que importa es la cartera de cada cual.
Sobre la marcha intentaron unirse a otra cooperativa de un pueblo cercano. Lo lógico por proximidad y racionalidad. Sin embargo tampoco pudo ser pese a que la empresa protagonista de esta historia se avino a dejarse absorber por la otra. No cuajó por discrepancias sobre la asunción de empleados fijos.
Malas alternativas
Con poca producción propia y nula capacidad económica para comprar a terceros, los gastos fijos se lo comían todo. No era soportable y decidieron dejar de trabajar la propia fruta. Pararon las instalaciones de confección y pasaron a vender las cosechas de los socios directamente en el campo. Al menos, con el almacén parado los gastos son menores. Pero tampoco era salida, porque es un capital muerto que sigue corroyendo la economía del conjunto.
Entonces pensaron en trabajar para terceros, a 'maquila', directamente o alquilando líneas de selección, según necesidades de cada cual.
El caso es que esta salida que parecía idónea al principio, tampoco resulta. El presidente lo detalla así de claro: «En este segmento de los que acuden a trabajar en almacén ajeno, porque no tienen instalaciones propias, hay de todo, naturalmente, pero suelen abundar aventureros que se lanzan a lo que sea, a los que acaban saliéndoles las cosas mal y no te pagan, con lo cual acaba siendo peor el remedio que la enfermedad». Buscando rentabilizar el almacén, se han encontrado con nuevos problemas, porque han acabado trabajando para otros sin cobrar.
Atrapada en un mar de dificultades crecientes, la cooperatriva pugna por sobrevivir, pero cada vez lo tiene más difícil. El mercado está dominado por las grandes cadenas de tal manera «que solo dejan viabilidad a los grandes exportadores -explica el presidente-, porque son los únicos que les pueden proveer con continuidad y aproverchar economías de escala a todos los niveles; luego apenas queda hueco comercial para los marquistas especializados, que también han ido a menos, han desaparecido firmas y se resienten algo las que están, pero siempre les queda el mercado gourmet. Fuera de esos dos segmentos, las firmas pequeñas que ni tenemos marcas exclusivas ni llegamos a nada, quedamos condenadas a conformarnos con los huesos, y eso al final significa sucumbir, porque tenemos más costes, nos compran más barato, cuando nos compran tras suplicar, y para llegar al sitio nos hacen pasar por plataformas de distribución que acaban chupando comisiones de entre el 6% y el 15%. O sea, que acabamos trabajando para el demonio».
Para terminarlo de complicar, «nos quedan campos pequeños, con accesos imposibles, variedades pasadas de moda y propietarios de edad avanzada sin ilusión por el futuro». Mal panorama. Y no es exclusivo.
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