26/01/2016
Memorias de un cirujano
Así comienza Henry Marsh ‘Ante todo no hagas daño’, editado por Salamadra. La frase extraída del principio supremo de la medicina atribuido a Hipócrates de Cos ha servido al que es uno de los neurocirujanos más importantes del mundo para titular una suerte de memorias profesionales que muestran que tras estos dioses mortales se esconde un ser humano que puede fallar en su empeño de salvarnos la vida o de curarnos. «Es inevitable que uno acabe cometiendo errores, y debe aprender a vivir con las consecuencias, a veces espantosas». Una terrible y lógica realidad que nos cuesta comprender cuando debemos rendirnos sin remedio ante la pericia de quienes tienen uno de los trabajos más delicados del mundo.
«La cirugía cerebral conlleva en ocasiones un grado tan alto de discapacidad que la muerte puede ser preferible a la calidad de vida resultante»
La de neurocirujano es, según Marsh, una de las profesiones que ofrece mayores recompensas personales, junto a la cirugía cardíaca, pero «sin duda» es la que más grandes tragedias reporta: «La cirugía cerebral conlleva en ocasiones un grado tan alto de discapacidad que la muerte puede ser preferible a la calidad de vida resultante. Nosotros, los neurocirujanos, llevamos a cabo cosas maravillosas, pero también terribles», explica.
Sabe de lo que habla, porque él, que ha cosechado muchos éxitos, ha tenido que afrontar algunos fracasos: «Estaba tendido en la cama pensando en la joven a la que había operado la semana anterior. Tenía un tumor en la médula espinal, entre la sexta y la séptima vértebras cervicales, y – aunque no sé por qué, pues la cirugía había parecido transcurrir sin incidentes– despertó de la intervención con todo el costado derecho paralizado. Probablemente, me había excedido con la resección y había extirpado una parte demasiado grande del tumor. Había confiado demasiado en mi pericia como cirujano. No había sentido el suficiente temor. Y ahora ansiaba que esta siguiente operación, la del tumor pineal, saliera bien. Que tuviera un final feliz y que todos acabaran más contentos que unas pascuas para poder a volver a sentirme en paz conmigo mismo».
Negando la muerte
A pesar de que hay enfermedades que irremediablemente son incurables, y lo sabemos, aceptar que tenemos una fecha de caducidad y que nuestra muerte está cerca no es fácil de asumir. Nos resistimos a dejar este mundo y aquellos que nos quieren carecen de fuerzas para decirnos adiós.
Cuando se trata de un cáncer que progresa lentamente y recidiva una y otra vez, puede resultar muy difícil saber cuándo parar. Los pacientes y sus familias se vuelven incapaces de aceptar la realidad»
Así, uno de los testimonios que narra Marsh es el de Helen, una paciente afectada por un tumor cerebral. Era una joven a la que había operado tres veces en los diez años anteriores a causa de un ependimoma que no paraba de recidivar y que se volvía más agresivo y maligno cada vez que lo hacía. Se había sometido a todas las sesiones posibles de radioterapia y quimioterapia, y ahora la habían ingresado en el hospital de su localidad como un caso terminal, con fuertes dolores de cabeza provocados por una recurrencia. «Su actual médico me pedía que echara un vistazo al último escáner por ver si creía que pudiera hacerse algo más, pues a la familia le estaba costando aceptar que la muchacha estuviese llegando al final de su vida (…) Cuando se trata de un cáncer que progresa lentamente y recidiva una y otra vez, puede resultar muy difícil saber cuándo parar. Los pacientes y sus familias se vuelven incapaces de aceptar la realidad, y empiezan a pensar que los tratamientos pueden alargarse eternamente, que el fin no llegará nunca, que la muerte puede postergarse para siempre», cuenta el doctor Marsh.
Con todo, y sabiendo que otros expertos habían dado unas esperanzas inútiles a la familia, decidió operar una vez más, a pesar de que Helen no iba a mejorar y lo único que se alargaba era su agonía. Pero a veces resulta casi imposible convencer a una familia de que no puede hacerse nada más: «El amor puede ser muy egoísta».
Desactivar la bomba
Los aneurismas son pequeñas protuberancias similares a globos que aparecen en las paredes de las arterias cerebrales y que pueden causar hemorragias de consecuencias devastadoras en el encéfalo. El objetivo de su operación consiste en colocar una diminuta grapa de resorte pinzando el cuello del aneurisma para impedir que estalle. «Los neurocirujanos decimos a veces que operar un aneurisma se parece a la tarea de desactivar una bomba, aunque se requiere una valentía de otra clase y es la vida del paciente la que está en juego, no la del médico», detalla Marsh.
«Los neurocirujanos decimos a veces que operar un aneurisma se parece a la tarea de desactivar una bomba»
Pues bien, fue justo cuando estaba como interno en prácticas en la UCI cuando asistió a su primera operación de este tipo: «Era distinta a las operaciones que había presenciado hasta entonces, que solían consistir al parecer en largas y sangrientas incisiones y en la manipulación de grandes y resbaladizas partes del cuerpo (...) Aquella intervención se realizaba en el cerebro, el misterioso sustrato de todos los pensamientos y sentimientos, de todo lo importante en la vida del ser humano; un misterio tan grande, me parecía, como las estrellas en la noche y el universo que nos rodea. Fue una operación elegante, delicada, peligrosa y llena de profundo significado. ¿Qué podía haber mejor que ser neurocirujano? Tuve la extraña sensación de que eso era lo que había deseado hacer toda mi vida».
Una ciencia incierta
Desde entonces, el doctor Marsh ha estado dedicándose a la neurocirugía y, desde 1987, ejerce de especialista en el ala Atkinson Morley del St. George’s Hospital de Londres. Toda una vida plagada de dudas, difíciles decisiones que tomar, errores, éxitos y pacientes y familias a los que hay que saber tratar con delicadeza y sinceridad, sin darles falsas esperanzas pero sin hundirles. «La gente debe saber y entender que la medicina es peligrosa e impredecible. Los pacientes deben aceptar que las cosas pueden salir mal».
Y es que la medicina no es como muchos exigen una ciencia perfecta, donde los fallos son siempre negligencias. Al fin y al cabo, y como bien afirma el doctor Marsh, «pasar por el quirófano no es como llevar el coche al taller: los desenlaces de una operación son muchas veces inciertos. Y los pacientes tienen derecho a sentir ansiedad. Yo sigo poniéndome tenso antes de una operación».
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