13/10/2015
ROMERÍA DE VALME La romería de Valme según Dos Hermanas
El Correo
Es impresionante. «A la altura de Barranco, cuando ya está la romería metida en carretera, siempre hay una señora que te dice:Yo tenía pensado ir a despedirla a la salida del pueblo, allá atrás en la Venta las Palmas, pero mira, me encontré a mi comadre y a mi vecina de chica y aquí me he venido. Ahora luego llamaré a mi hijo para que me recoja en Bellavista. Y tú te preguntas: pero bueno, ¿esta señora no estaba antié en el ambulatorio muriéndose con la pierna así de gorda que no podía ni andar?» En Dos Hermanas, este caso que describe Paco mientras se deja los dedos componiendo el dibujo de flores de una carreta forma parte del vademécum de los milagros de andar por casa. Prodigios bonitos y sencillos, de pueblo, como ese mismo dejarse los dedos día tras día enhebrando papeles de seda de colores con los que engalanar la galera, o preparando el millón y medio de cosas necesarias para poner en la calle una romería de ida y vuelta en el día para 250.000 personas.
Y sin embargo, a falta de una semana para ese tercer domingo de octubre que tiene asignado la Virgen de Valme para su viaje anual a su antigua sede de Bellavista en la ermita de Cuarto, poco hace sospechar que el municipio está en vísperas de la más grande de sus fiestas. Carteles en los escaparates; el puesto de recuerdos en los Jardines, la bulla del traslado en la puerta de la parroquia; colgaduras azules y rojas junto a la Iglesia del Ave María; cohetes a deshoras... y se acabó. Nada de sevillanas por las calles, nada estruendoso, no hay aspavientos folclóricos ni ruido de medallas, todo es discreto. Eso sí: dentro, en las casas, no se habla de nada más, tanto si es para preparar la romería o la fuga, porque el Valme, como caso extremo de raigambre que es, provoca pasiones hasta en quienes no lo digieren. De puertas afuera, lo único festivo que se advierte es a un puñado de niños correteando y jugando en la plazoleta aledaña a la iglesia, entre armazones de carros, rollos de alambre y ecos del coro; niños que a estas alturas todavía ignoran lo que estas tardes primeras y pegajosas del otoño de su pueblo están inoculando en ellos; esa sustancia inexplicable que los llevará, cuando sean mayores, a dejarse ellos también los dedos haciendo flores o encolando piezas allí mismo, en la nave aledaña, en un intento de convertirse en intérpretes de su propio pasado –que de eso tratan todas las tradiciones–; en una búsqueda tan bella como inútil de aquellos tiempos irrecuperables y engrandecidos en la memoria en que eran niños y correteaban por la plazoleta respirando los efluvios de una romería que los atraparía para siempre entre sus raíces. Es lo que vienen a decir las caras de los viejos que los miran jugar mientras construyen las carretas con expresión cansada.
«El trabajo que tiene esto ni se lo imagina la gente», dice José Antonio Ramos, Peña, mientras intenta convertir una especie de inmensa alambrada en una colcha mullida de colores de seda. Esto tiene muchas puntaditas. Lo hacemos porque lo hemos heredado, que si no...» Que si no, también, le falta decir.
«NO SE VIVE IGUAL»
Dos Hermanas no tiene río; lo más parecido es la vía del tren, puenteada por pasarelas y vías soterradas. En una de sus orillas, donde se extienden los terrenos de la Feria, los organizadores de las galeras preparan los exornos de esos enormes carretones techados, como floridos bungalows rodantes, que el domingo que viene los llevarán carretera abajo hasta Cuarto y volver. En la otra orilla, lo que siempre fue el pueblo, las naves del Ave María acogen a los montadores de las carretas, igual de hermoseadas que las anteriores pero más pequeñas y coquetas. «La nuestra es la de Los Niños», explica Manuel Sánchez, mientras le mete azul a los costados de su galera bajo el calor infame de las chapas de la caseta municipal. «Esto no se vive igual que hace veinte años. Ahora te piden dinero para todo», cuenta, mientras pasa revista al capítulo de gastos, a saber: «Los bueyes, 700 euros la yunta. El carro, 1.500 euros sale ponerlo en la calle como te escafiles. Y de tiempo, mejor no hablar: empezamos a preparar en abril o mayo, porque esto tiene un trabajo grande». Tan grande como irremediable para quien ni siquiera se plantea la posibilidad de hacer otra cosa por estas fechas que dejarse el alma, las uñas, la cartera y lo que sea en la romería. «Yo, de niño, pasé la varicela montando una carreta, que era cuando se hacían en León y Cos, ¡le hablo de hace 45 años!», exclama satisfecho ante semejante perspectiva. «Yo no sé si esto es fe», dice, más por humildad que por ganas de dudar. «Esto que vivimos durante estos meses del montaje es... pues un ambiente muy bueno. Y fe... pues también hay una poquita, aunque haya gente en el Valme que ni se acerca a ver a la Virgen, esa es la verdad».
No se puede reprochar: en la romería concurre tres veces más gente de la que vive en Dos Hermanas, y no todos lo llevan en la sangre. «El secreto de esto es tener ganas e ilusión y haberte criado en esto», explica Rocío Gómez Casares mientras intenta convertir un entramado de metal y madera en una preciosa galera de nombre Los Delincuentes, sin ánimo de ofender. «Nosotros empezamos a montar los últimos, a finales de agosto, pero no nos va mal porque en diez años llevamos siete primeros premios, un segundo y dos cuartos». Ella lo tiene claro: «Lo mejor de la romería son los preparativos».
En la otra orilla, la de los niños persiguiéndose por la plazoleta –aún no es tan tarde aunque el sol busque ya el horizonte–, jóvenes y viejos forman corros con sus quehaceres romeros alrededor de una bombilla o de una mesa plegable en las naves. Fuera, un paisano le aplica el soldador a una varilla de su carro; dentro, el carretero Rafael Hervás Morilla, uno de los 18 que dan escolta a la Virgen de Valme, lo tiene claro. «La carreta no se hace para nosotros. Si fuera para nosotros, no la haríamos: es demasiado trabajo. Pero la hacemos para que la Virgen no vaya sola». Es evidente que Rafael no se encuentra entre esos que ni se acercan siquiera a la gran protagonista del día para saludarla. «Todo es Valme», dice. Si se le pide que intente hacer abstracción por un momento, que se olvide de la Virgen por un segundo y diga lo que ve cuando piensa en la romería, insiste: «La Virgen de Valme». A fuerza de insistir, amplia la descripción: «El Valme es mi padre, mi familia, mis hijos y mi mujer». Y hay más: «Te enseña a caminar por la vida. A no ser tan material. A disfrutar de los amigos, no solo de lo que te puedes beber con ellos ni de lo que puedes comer. Va mucho más allá».
Allí mismo, compartiendo velador con una pequeña tertulia romera, está Francis. Él es el prioste de la carreta de la Virgen. «Estoy muy cansado. Deseando que pase el Valme», bromea, repitiendo así el discurso predominante entre los feligreses, reventados por el esfuerzo. «Nosotros estamos a tope. Lo que me ocurre es que salgo del trabajo a las siete de la tarde, me voy a casa, me ducho y me vengo aquí hasta la hora que sea. Otra cosa no podemos hacer. Es lo que nos gusta».
Podrían delegar, repartir más el trabajo entre amigos y parientes, pero no sería lo mismo. «Todas las manos son pocas, pero lo que pasa es que se notan las manos de unos y otros», afirma. «Tú haces un trozo, y si otro sigue se nota el salto. No es que lo haga uno mejor ni peor, es que se nota. Igual que la escritura. Uno pone la flor más prieta, otro más suelta... Es así».
Como responsable de la Virgen y su carreta durante toda la romería, lo ha vivido casi todo. «Estoy ya curado de emociones», dice, para rectificar de inmediato: «No, esto no te cura nunca. Lo que ocurre es que... los nervios los lleva uno siempre. El torero que lleva treinta años toreando y sale a la plaza tiene miedo seguro. Yo creo que lo disimula mejor, eso sí. Es la responsabilidad, que pesa más que todo, que la emoción y que el sentimiento. Y cosas muy serias que se ven alrededor de la Virgen. Ya no es gente que va y vuelve descalza a Cuarto; esto no es una estación de penitencia, pero son diez o doce kilómetros. Y gente que lo pasa muy mal en todos los sentidos, tanto laboral como familiar, y van ahí, ¿eh? Y van ahí. Y yo voy todo el camino descubriendo miles de historias con las que me harto de llorar».
El camino es feo: lo reconoce. Antaño, la carretera tenía una cúpula de ramas que la hermoseaba como un palio natural. Con el ensanche, los talaron y aquello quedó bastante inhóspito, a decir verdad. «Sobre eso, ¿qué podemos hacer?», se encoge de hombros. «Hay fotografías de lo que era la romería antiguamente y no se ve nada, solo campo. Se va perdiendo. Como no hagan un corredor verde... que precisamente es lo que se escucha que es posible que haga el Ayuntamiento entre Dos Hermanas y Fuente del Rey, anexo a Bellavista. Como no se haga esto que se rumorea...», dice. Y no ya solo por estética, sino también por seguridad: «Uno de los problemas es la masificación con los caballos», cuenta Francis. «No es que gusten o dejen de gustar; es que meterle mil caballos a esa carretera con 250.000 personas es un problema gordo. Y esa responsabilidad civil no la quiere nadie».
ESTE AÑO, DE NARANJA
El capítulo de la seguridad también forma parte de los desvelos del hermano mayor de la Hermandad de Valme, Hugo Santos, quien este año se estrena en el cargo (aunque la responsabilidad no lo coge de nuevas, porque antes fue secretario). Detalla cómo serán los cultos previos, y dice que este año la carreta de la Virgen irá techada de naranja, lo cual no es en modo alguno una tontería, sino un asunto de importancia capital para los nazarenos: cada año la Virgen va con un color diferente, y cuando va de amarillo... ¡llueve! Eso dice, al menos, la tradición.
«Aunque venga tanta gente de Dos Hermanas y de fuera, a mí me gustaría que la romería fuese más conocida de lo que es», confiesa el hermano mayor. «A día de hoy hay unos 140.000 vecinos en el municipio, pero la gran mayoría de ellos no tienen raíces aquí. Valme era un nexo entre los vecinos, y eso ya no se percibe tanto. Por eso, un reto sería que los que no son de Dos Hermanas se sintieran partícipes de la devoción, para ensancharle el horizonte». En cuanto a la pechá de hacer flores y montar los carros, «nunca se dice el esfuerzo y la dedicación que tiene todo esto», para agregar de inmediato otra cosa de la que tampoco se habla nunca, en su opinión: «El tema de la financiación. La romería se hace con recursos más propios del siglo XIX que del XXI», dice. «No está ajustada su financiación a la importancia que tiene. El gran coste lo tiene que asumir la hermandad, y eso sin contar la obra social que se hace, la colaboración con la parroquia, las actividades... Se costea con donativos, a través de rifas y con aportaciones de empresas y comercios, y ya está. Parece difícil de creer que se pasen apuros cuando participa tantísima gente, pero es que esto no es una hermandad de penitencia: aquí no hay papeleta de sitio. Todos pueden participar, pero no se hacen corresponsables de ese coste», afirma. Ciertamente, la comparación es chocante: entre un cuarto y un tercio de millón de personas en la romería cuando la hermandad solo tiene 1.500 hermanos, a 24 euros anuales de cuota por cabeza. Teniendo en cuenta que «poner la romería en la calle tiene un presupuesto de 35.000 euros», en su opinión se antoja necesario revisar el grado de compromiso del personal con la fiesta más importante de Dos Hermanas.
ORDEN ENTRE LOS CABALLISTAS
Pero hay más asuntos que ajustar en esta romería, y uno de ellos tiene cuatro patas. Los caballos son una de las alegres paradojas de esta fiesta: por un lado, embellecen y dan tipismo a la estampa festiva; por otro, los más de quinientos ejemplares –hasta ochocientos– que culebrean por entre los romeros en las estrecheces de esa carretera y pisotean los terrones de sus orillas –donde muchos acampan, en otra modalidad muy popular del disfrute de esta fiesta– han dado lugar a más de una queja del paisanaje a pie, que en alguna ocasión se ha llevado una patada, un pisotón o un empujón de uno de estos nobles brutos. «Este año va a haber novedades», anuncia desde la Hermandad de Valme su responsable de caballistas, Juan Lozano. «Este tema estaba muy dejado, esa es la verdad», dice. «Con el paso de los años, la hermandad se ha ido centrando en otras cosas y quizá se ha dejado un poco de lado la organización de los caballos en la romería. Este año, lo novedoso es que habrá un tramo de caballistas diferenciado, que estará encabezado y cerrado por insignias de la hermandad y que irá delante de la carreta de la Virgen, aunque algo separado de los romeros a pie para que no se les causen molestias».
Lozano explica que la idea de organizar un tramo como si fuera una procesión se debe a que «hasta ahora, a los caballistas poco menos que los echaban del pueblo nada más empezar, para que no hubiera percances. Antes no había cercanía a la carreta de la Virgen. Nosotros no queremos estorbar, pero tampoco queremos que nos quiten del pueblo. Los caballistas tienen que acompañar a la comitiva, no ir por delante y que ni siquiera se vean».
Durante el camino, eso sí, «tendrán vía libre» para pararse donde les apetezca y para desorganizar dicho tramo a su conveniencia, «pero al llegar a Cuarto, así como en la entrada al pueblo de vuelta, se reagruparán para que entremos todos juntos. Con esta idea también se ha decidido que este año, para optar a los premios, habrá que entrar de ese modo en el pueblo». No son las únicas novedades, aunque sí vayan a ser las más inmediatas: en el ánimo de la junta de gobierno, por lo que cuenta Juan, está el fomentar la participación de los jinetes en la romería en los años venideros. Para quienes se asusten ante esta perspectiva, un consuelo dicho por el propio Lozano: «Intentaremos ampliar el número, pero dando unas normas precisas y bien organizado, para meter a la gente por vereda».
El caso es que las tradiciones también cambian, aunque no lo parezca. Lo hacen lentamente, con cuidado y de puntillas, para no soliviantar los ánimos de quienes han hecho de la costumbre una forma de religiosidad. Y de esta manera, otra pequeña modificación se verá este año en el itinerario: ya no se tirará por la calle Botica a la salida, sino por Canónigo. Parece insignificante el cambio porque tampoco se adelanta tanto, pero se trata –como explica el hermano mayor y confirma el responsable de los caballistas– de llegar antes y pasar más tiempo en Cuarto, «que es el sentido real de la romería, el estar allí». «Se ganarán veinte minutos si acaso, o media hora. Eso, si luego no hay parones, porque siempre surgen cosas, le cantan a la Virgen... Y es normal, porque también tiene que haber un cierto ambiente en el pueblo».
Aunque por mucho que digan ellos, el responsable del ambiente –al menos, metafóricamente hablando– es el pregonero, que hoy se enfrenta al atril en un reto que lo tiene hecho un mar de lágrimas. Lo suyo será un poco de prosa y un mucho de verso. Y música, naturalmente, que para eso José Antonio Cruz Rivas es también el director del Coro de la Hermandad de Valme. Él intenta aparentar otra cosa, pero está que va a reventar de la emoción. Pero como carta de presentación, antes que pregonero y que músico, él apela a su creencia: «Mi vida es Valme», dice, a modo de explicación de lo que esas emociones llevan haciendo con él desde que se puso a pergeñar su discurso en agosto.
HARTO DE LLORAR
Todo un trago. El pregonero esconde su timidez tras una poderosa sonrisa y un alarde de cordialidad que se traduce en sus palabras, sus miradas y sus gestos. Pero por dentro bulle la inquietud del hombre sencillo al que le ha caído encima un privilegio que también es una losa, en cierto modo, por lo que tiene de responsabilidad ante su hermandad, ante su pueblo y ante sí mismo: intentar explicar –y encima, poéticamente– lo que no tiene explicación.
José Antonio viene de releer su propio pregón y dice que está «harto de llorar». «Cada vez que lo leo, lloro». Tiene la decencia y la humildad de confesar que no ha pretendido redactar un pregón diferente, lo cual es toda una novedad en una categoría declamatoria, la de los pregones, donde raro es el que no quiere epatar a la humanidad con los ripios más encrespados jamás escritos con una pluma de ganso. No es el caso; este pregonero no aspira a romper moldes sino a ceñirse amorosamente los ya existentes y añadirle a la mañana de hoy unas cuantas lágrimas más, que esta vez –es de esperar– no serán las suyas sino las de su auditorio. «Estoy muy contento. Lo más difícil ha sido la parte que no trata sobre mis vivencias. Hablo mucho de lo que ha sido mi experiencia como devoto de Valme, mis recuerdos de la romería, y al hablar del amor también hablo de la muerte. Yo creo en un cielo, y creo en un cielo en Cuarto. Esa es la esperanza que tenemos», suspira.
«Yo soy muy de vivir las vísperas; creo que esa es la romería real. ¿Alguien cree de verdad que tantísimos preparativos son para un solo día? Pues claro que no. La verdadera fiesta está en los días previos, en las semanas anteriores, cuando la gente se reúne y convive, y con la excusa de unas flores o de hacer planes, se vuelve a ver al cabo de un año. Soy más de esos momentos. El día de la romería estoy deseando que pase», dice, a sabiendas de que no es cierto: cualquiera le quita ese domingo.
LA MAYOR VERDAD
Eso mismo le sucede a Álvaro Robles, miembro del coro y uno de los fijos que cada año, al paso de las carretas por delante de los balcones engalanados y bajo una tormenta de pétalos, le canta a la Virgen de Valme. «Lo más emocionante es cantarle. Se dice que el que reza cantando dos veces reza, y eso lo vivo con mucha plenitud. Muchas veces no es tan emocionante cantarle a la Virgen en sí como hacerlo de forma indirecta, aunque ella no esté físicamente en ese lugar, pero a sabiendas de que en verdad está allí mucho más que en el altar. Por ejemplo, nosotros hacemos una visita todos los años, el día del pregón por la tarde y el anterior a la romería, al asilo; de esa manera, cantamos a los ancianos y les llevamos un trocito de la romería. Y la verdad es que es de lo más emocionante de todos los preparativos. Ahí es donde te das cuenta de que le estás cantando a la Virgen y, aunque no la veas, está ahí. Mucho más que en el quinario, por ejemplo, o en cualquier otro momento. Es un premio, un regalo que la Virgen nos hace a nosotros».
Álvaro está convencido de que tener fe imprime carácter. «Cuando uno atraviesa momentos difíciles, tener fe... Yo no me puedo meter dentro de un ateo, pero puedo asegurar que un creyente es más feliz que un ateo o un agnóstico. Porque aunque se estén viviendo momentos difíciles, el saber que tienes algo que por muy mal que lo estés pasando al final te va a ayudar o te va a conducir hacia una salida, da un alivio que esa persona que no tiene fe vive como si estuviera en un túnel oscuro. La fe sirve mucho para vivir. Y para ayudar a la gente también».
«No sé si hay algo que no me guste de la romería», dice. «Hombre, es verdad que antes, cuando era chico, veía que otros pueblos eran más efusivos en sus fiestas. Por ejemplo, en Cantillana cuando sale la Asunción o la Pastora o en otros pueblos, es mucho más viva esa participación. Lo exteriorizan más. Algunas personas pueden tomárselo como algo exagerado, pero yo he comprendido con el paso del tiempo que Dos Hermanas se entrega mucho más a la romería y a la Virgen, pero de una forma más discreta y silenciosa. Sí, el día de la romería las carretas son muy vistosas, pero después la gente que va alrededor de la Virgen, el clima, es más silencioso, no tan festivo. La fiesta está más en las carretas de detrás, en las galeras y los carros, en el propio campo o en las paradas en Cuarto. Pero alrededor de la Virgen todo es más íntimo, como si lo que pasa ahí estuviera más en relación con la persona, con su intimidad».
El papel de los mayores es muy importante en esta romería. En realidad, ellos son la romería, su memoria viva. «Eso es así. Yo lo envidio. Los mayores cuentan muchos de ellos los años por valmes. Dentro de la juventud de la hermandad lo comentamos mucho: sentimos envidia, porque ahora mismo todo está muy globalizado, la sociedad de hoy no es tan religiosa y se entretiene mucho en lo estético, en lo exterior, pero raramente profundiza en la religión en sí. Y la verdad, se nos cae la baba cuando escuchamos a abuelas de los componentes del coro y de compañeros de la hermandad cantándonos coplas que no habíamos escuchado nunca, coplas que se cantaban antiguamente, sevillanas antiquísimas que se cantaban en la romería... Eso no sé si está perdido del todo. Escuché a la abuela de un amigo mío un 23 de junio de hace dos o tres años (no recuerdo, la última vez que salió la Virgen en el paso de tumbilla); ese día cantaba el coro en Triana en una boda, y yo, que estaba esperando a un amigo del coro para ir juntos, me quedé abajo de su casa esperándolo junto a su abuela. Aquella mujer estaba muy contenta porque era su cumpleaños, pero ella no se acordaba ya ni de eso, sino que estaba contenta porque la Virgen salía ese día a la calle, y me decía: Niño, ¿a ti te gusta el Valme?, le di pie y empezó a cantarme coplas y letras que yo no había escuchado en mi vida, y me decía: Pues mira, esto se cantaba en las carretas cuando íbamos las mocitas tocando los palillos, esta otra se cantaba en las vísperas... Son cosas que siguen vivas y que nadie se ha encargado de rescatar. No se deberían de perder. En el coro tenemos en mente rescatarlo, pero no nos hemos puesto todavía. Deberíamos ponernos las pilas. Y costumbres, también».
«Antes», prosigue Robles, «Dos Hermanas era más pueblo y por estas fechas y durante el verano rara era la calle donde no había en la puerta abierta de par en par un manojo de personas mayores con sus hijos ensartando flores para las carretas. Eso ya no se ve ahora con aquella intensidad. Ambiente romero no ves. Tienes que saber dónde buscarlo, mientras de puertas para adentro bulle Dos Hermanas. Que si los trajes, que si los planes, que si las galeras, que si los niños... Es frenético. A nosotros nos pasa en el coro. Casi lo de menos es el día de la romería, que es la consecuencia. A ese día llegamos muy cansados, ya una vez que sale la Virgen y empieza la romería la sensación es que estamos ya para recogernos, para darle una vuelta al Arenal y recogernos a dormir. Eso luego no somos capaces de hacerlo, claro. ¿Quién puede faltar a algo tan grande?».
PATRIMONIO INMATERIAL
Como recordó el propio hermano mayor, «la Romería de Valme está declarada fiesta de interés turístico nacional desde 1976 y figura en el Atlas del Patrimonio Inmaterial de Andalucía que está elaborando el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico», aunque carece de las mayores protecciones que garantizan otras figuras administrativas como los bienes de interés cultural o etnológico. En el año 1994 se cumplió el centenario de esta multitudinaria muestra de religiosidad popular que tiene como referente en el calendario el tercer domingo de octubre, fecha en la que la Virgen, escoltada por sus feligreses, revisita su antigua casa, la ermita de Cuarto en Bellavista, en un viaje de ida y vuelta en el mismo día.
CIEN MIL FLORES POR CARRETA
El carretero Rafael Hervás ofrece datos que sus compañeros confirman: «Una sola carreta puede llevar alrededor de cien mil flores de papel. Solo en materia prima para elaborarlas, cada una se puede gastar alrededor de unos 800 euros». Sin traducir a dinero la de horas echadas en esa tarea, se trata de la partida económica más importante para todos los que quieren participar de este modo en la romería, muy por delante de la comida y la bebida, y seguida por el alquiler del carro o la galera para quienes no tengan en propiedad. La confección de las flores con vistas al Valme es una tradición popular en Dos Hermanas, y en ella participan desde los niños de los colegios hasta los mayores de las residencias.
Y EL LUNES SIGUIENTE, FESTIVO
El Ayuntamiento de Dos Hermanas aprobó el año pasado declarar como fiesta local el lunes posterior a la romería. Un descanso con el que se cierra la celebración de una romería que tendrá, como hitos claves para quienes quieran vivirla en los próximos días, el quinario (de lunes a viernes, a las 20.45 en Santa María Magdalena) con actuación del coro; el besamanos de la víspera de la romería, durante toda la jornada desde las 9 de la mañana hasta las 9 de la noche; y ya, en la jornada del domingo 18 de octubre, la misa de romeros a las 6 de la mañana, el traslado de la Virgen a su carreta y puesta en marcha hacia Cuarto (a las 8), la llegada a Cuarto (13.30), la entrada por la Venta las Palmas (21) y la entrada de la Virgen en la parroquia (a las 23 horas).