24/09/2010
josé antonio ardanza - lehendakari: "Tengo la sensación de que estoy en prórroga, pero quiero disfrutarla, quiero vivirla"
deia
La verdad es que me encuentro fenomenal. Muchísimo mejor de lo que yo pensaba. Y muchísimo mejor de lo que yo pude imaginar que iba a estar a estas alturas, porque un mes después del infarto no me sentía nada bien.
Algo como lo que le ha pasado marca. Hay un antes y un después.
Sí. Lo que pasa es que en el caso mío coincide también con una edad en la que tú mismo ya te vienes marcando un antes y un después. Creo que no hubiera sido lo mismo un infarto a los 55 años que un infarto a los 68 años. No es lo mismo porque tú ya estás en un caminar hacia ese después. Lo que te hace el infarto es ayudarte a relativizar muchas cosas.
¿Y qué cosas ha relativizado?
Ya la edad te lleva por una senda de ir relativizando cada vez más las cosas, de afrontar los problemas tal vez con menos pasión. No voy a decir con más frialdad o con más indiferencia, pero sí con menos pasión. Si, encima, te encuentras de bruces con un infarto del que sabes que estabas más cerca del otro lado que de éste, pues todavía vives con más ilusión, vives con más intensidad, tienes la sensación de "estoy en prórroga, pero esta prórroga tengo que disfrutarla, tengo que vivirla". Y hay cosas que empiezas a verlas de otro modo.
Como por ejemplo...
Pues tal vez vaya a sorprender, pero incluso afrontas la muerte. Eso que es tan tabú, de lo que no se suele querer hablar. Cuando me dio el infarto, yo era consciente de que me iba, de que terminaba. Era muy consciente. Y no sentí ninguna angustia. Me sentía cómodo. O sea, cómodo por el paso de la vida a la muerte. Yo tuve plena asunción de que me iba. Además, luego me lo dijeron, que estaba más en el otro lado que aquí.
Lo cierto es que está aquí...
En realidad, si estoy aquí es por mi mujer. Fue consciente de que me estaba pasando lo que me estaba pasando. Yo le quería quitar importancia. "Tranquila, ya se me pasará", pero ella empezó a llamar por teléfono. Vino la ambulancia, que tardó mucho, sacaron unos cables para hacerme un electro y al ver el electro me dijo el médico: "¡Esto es un infarto, esto es un infarto!". Y yo: "¿Un infarto? ¿No será una hernia de hiato?". "¡Esto es un infarto! ¡Que venga el helicóptero!". Y yo pensé: "¡Dios santo, el helicóptero! A cualquiera no le lleva el helicóptero, pues si le lleva a Ardanza el helicóptero, el follón que se va a armar...".<>
No me diga que pensaba en eso cuando se estaba muriendo.
Pues sí, en eso pensaba. De verdad.
Y ha vuelto a trabajar. ¿No era hora de dejarlo?
Una opción era jubilarse y decidir que esto se ha acabado, pero no. La opción mía ha sido seguir trabajando, porque creo que eso me va a llevar a normalizar mi vida de alguna forma.
Ya cuando dejó de ser lehendakari algunos esperaban que se jubilase, pero se ve que dejar de trabajar no entra en sus planes. Yo nunca tuve en mi mente la opción de apartarme y retirarme. Con 57 años, que eran los que tenía cuando dejé de ser lehendakari, todavía me quedaba vida por delante. Entonces yo cumplí con un sueño, con un deseo que había tenido toda la vida. Yo soy una persona que me he hecho en la empresa, y yo siempre he sido un hombre de empresa, y a ese mundo quería volver.
Se barajaron muchas cosas sobre su futuro en aquellos tiempos.
Mi primera decisión fue tomarme un año sabático, para dejar distancia entre una y otra actividad. Ahí ya se había dicho -no por mí, por supuesto, sino por las indiscreciones de otros- que si yo iba a ser el presidente de la futura caja fusionada. Y quién mejor que yo para saber que eso era un imposible. Y no dije nada, ni sí, ni no, ni todo lo contrario, a pesar de que a algunos les faltó tiempo para decir que yo me estaba montando un retiro dorado y no sé cuántas cosas más.
Hubo otras opciones reales, pero al final se decantó por Euskaltel. Sorprendió porque entonces era una pequeña empresa recién nacida.
El entonces presidente, José Luis Larrea, me había hablado muchas veces de su proyecto de dejar el cargo para dedicarse a fondo a Ibermática, la empresa que él sentía más propia. Cuando le llamé y le dije que me apetecía asumir yo la presidencia de Euskaltel, me dijo él, sorprendido: "Pero lehendakari, eso para ti es poco, no puede ser". Yo contesté: "Es que me hace ilusión". ¿Por qué? Pues porque en aquel momento Euskaltel era una empresa que acababa de nacer. Llevaba un año y pico, era una empresa chiquitita, por tanto era empezar un proyecto. Me hacía ilusión. He estado siendo el gerente de la gran empresa de Euskadi, que es el Gobierno. Bueno, pues ahora otra vez empiezo con una empresa pequeñita y me hacía ilusión. Así me metí en Euskaltel.
Rebobinemos. Antes había dejado el Gobierno. ¿Fue una decisión propia?
Totalmente. Cuando veo que las instituciones, tanto el Gobierno, como el partido, están perfectamente encarriladas, con una situación electoral y una presencia política muy consolidadas en el caso del partido, y con el país en un proceso de franco crecimiento económico y de recuperación de consensos, tomo la decisión. Mi convicción era que eso sería posible aunque yo no estuviera. Y las previsiones yo ya las tenía hechas. Yo a Juanjo Ibarretxe le nombro vicelehendakari del Gobierno precisamente para ver si podía ser el que me siguiera a mí. Y yo le propuse al partido que fuera Juanjo. La decisión final es del partido, no es mía, pero desde luego, también tenía claro que si no le quería el partido, pues a lo mejor todavía hoy yo seguiría siendo lehendakari...
Estuvo catorce años en Ajuria Enea. Nadie lo hubiera previsto, teniendo en cuenta el modo en que llegó, tras la más grave disputa interna de su partido, que se saldó con una escisión.
Es de esas circunstancias de las cuales ni mi partido ni yo nos podemos sentir muy orgullosos. Al final, fue una ruptura de un partido, el cuestionamiento de un lehendakari. Todo aquello fue un trauma para las gentes de partido y para los que nos tocó vivir aquello directamente, pero bueno, tocó y qué le vamos a hacer.
Empezó con todo en contra.
A mí me tocó ser la cara del malo de la película. Por eso vino todo aquello de "Ardanza el gris", "Ardanza el tal o cual", claro. Encima, todo aquello no venía del PSOE. Venía de las propias filas de mi partido porque, claro, mi partido estaba dividido. Había un sector muy importante que no estaba de acuerdo con las posiciones que se estaban tomando en el EBB y que estaba total y absolutamente volcado con el lehendakari anterior. Entonces, cuando ya se va consumando todo eso, hacía falta que hubiese un patito feo que estuviera dispuesto a afrontar el reto, y resulta que ese patito feo le tocó ser a Ardanza.
Ese lastre de hombre sin carisma lo arrastró durante una parte de su mandato.
Yo tuve la suerte de haber sido lehendakari durante catorce años. Si mi recorrido hubiera terminado a los dos años, en el 86, naturalmente, hubiera quedado en la memoria de la gente como un hombre gris, un usurpador, que también se dijo. Pero tras catorce años, ni los periodistas pueden engañar con respecto a un personaje, ni el personaje puede engañar a la gente. Los clichés y los estereotipos que se pretendieron hacer de mí en los dos primeros años fueron diluyéndose.
Poco faltó para que, efectivamente, su mandato se hubiera quedado en dos años. Su partido perdió las elecciones de 1986 frente al PSE, que al ser incapaz de formar Gobierno, tuvo que dejarlo en sus manos.
Yo en aquel momento estaba ya convencido de marcharme para casa, y además, no tenía demasiados problemas porque ya me habían dicho: "Tienes que venir a Caja Laboral porque tienes que ser el director general". No tenía ningún problema respecto a mi futuro. Pero pasó esa circunstancia en que tuve que rebobinar una decisión que estaba ya para mi prácticamente tomada y volver a ser lehendakari.
Y a partir de ahí las cosas empezaron a rodar más o menos. Con el tiempo, llegó el bipartito con los socialistas, que también duró más de lo previsible.
Resultó que un Gobierno de coalición que había empezado con muchas dificultades en el año 87, según fue pasando el año 88, con el acuerdo de Ajuria Enea entre otros consensos, se fue consolidando definitivamente y ello fue reflejo de un claro entendimiento, de una clara tolerancia. Y no sólo el Gobierno PNV-PSOE, sino el Parlamento. Me solían tomar el pelo diciéndome que parecía la reina madre porque estaba pastoreando a todos los partidos, y era verdad. Fue una época de una profunda crisis económica, que afortunadamente fuimos superando y donde la política tuvo unos años de consenso, de tolerancia, de entendimiento, muy importantes.
¿Y por qué eso no se ha mantenido en el tiempo?
Cuando las cosas se radicalizan, al final todo se va al garete. Cuando la tolerancia va dándole paso a la radicalidad, se pierde todo. En un país, además, como el nuestro, que prácticamente está divido por la mitad entre dos nacionalismos, dos sentimientos de identidad patriótica, si una de las patas radicaliza su sentimiento de identidad patriótica, fuerzas a que la otra pata también lo haga, con lo cual tienes la consecuencia que tenemos en este momento.
Sí, no hay mucho consenso que digamos...
He sufrido mucho, he sentido mucha pena desde la distancia viendo cómo iba caminando mi país. No vamos bien. Y he sufrido mucho con Aznar, al que nosotros le dimos la investidura, después de todo lo que hablamos con él. Claro, después va tomando unas actitudes cada vez más radicales, y cuando viene la mayoría absoluta de Aznar, se radicaliza de tal forma el PP que es la circunstancia que -interpreto yo- hace que el PNV marque su posición. Cuando ya obtiene la mayoría absoluta el PP, se acabó. "El Estatuto estaba ya superdesarrollado, nacionalismo igual a terrorismo...". Yo voy recordando aquellos momentos del año 2000, 2001, y ya se veía que eso nos iba a llevar a una confrontación total, y sentía otra pena, ver a un partido socialista totalmente hundido, eliminado. Y ahí llegó el vacío.
Por aquellos años se inauguró otra forma de hacer política, la de la confrontación total.
La confrontación en la política es lo normal y todos lo sabemos, pero si en la confrontación se llega a faltar al respeto personal, eso ya no se recompone. Y hoy tal vez hay más faltas al respeto en la relación personal. Yo, en mis tiempos, tuve una buena relación, con la gente de mi Gobierno por supuesto, y también con gentes de la oposición. Creo que todos nos tuvimos respeto mutuo. Nunca nos insultamos ni nada de eso. Podíamos discrepar pero no insultar.
Ha cambiado la política y han cambiado también los políticos. Su generación ha sido relevada.
Nosotros fuimos una generación que no teníamos experiencia política, no habíamos sido formados para la política, éramos profesionales que estábamos en la empresa, en el despacho o haciendo lo que fuera, y éramos personas que teníamos un recorrido personal muy consolidado. Yo nunca necesité de la política para vivir, porque tenía mi carrera profesional hecha, consolidada y en un proceso creciente. Igual que yo, toda mi generación. Éramos gente que por un sentido del deber patriótico, porque esa es la razón que nos mueve, anteponemos el compromiso con un ideal y asumimos la responsabilidad, aún sabiendo que asumirla nos va a cortar probablemente el recorrido profesional. Y lo hicimos.
Haber vivido en una dictadura influyó en esa forma de ver las cosas y actuar.
Todo eso conformó un tiempo. Éramos, efectivamente, gente que habíamos vivido una dictadura, que habíamos sufrido en una dictadura. Muchos de nosotros habíamos sido activistas en ella. Había muchos valores y esa dictadura seguía pesando en nosotros. No podíamos hacer tonterías que pusieran en riesgo un proceso que nunca tuvimos muy claro si estaba consolidado o no. Eso nos influía mucho. Con un socialista tenías muchas decepciones muchas veces, pero, por otra parte, decías: "Ya, pero estos son los mismos que han estado conmigo en la trinchera durante cuarenta años".
¿Y los políticos de hoy?
Es otra generación, una generación que tiene ahora 45 ó 50 años como mucho. No han vivido la dictadura. Es gente que casi ha nacido para estar ya en la política. Su recorrido y su expectativa de vida es la política, porque si no es la política, tampoco tienen marcha atrás fácil. Pero eso también es normal. No se puede pretender que se repita nuestra generación. Ojalá los de hoy sean capaces de ser dialogantes, tolerantes, que sepan entenderse y, al final, saber que están para servir a un país.