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14/01/2011

El infierno en la tierra

El infierno en la tierra
Mi amigo Fernando Moleres, un fotógrafo español, le conoció en la principal cárcel de Freetown, la capital de Sierra Leona, en febrero de este año. Un tribunal había condenado a Steven a tres años por robar dos ovejas. Tenía 17 años y llevaba 18 meses en la cárcel de adultos. Había varios adolescentes más presos, todos ellos los últimos monos a la hora de recibir agua y jabón -artículos de lujo para todos los reclusos y una ración de arroz. La tarea que consumió a Steven al final de su vida era rascarse las heridas de la sarna. Prácticamente todos en la prisión tienen sarna, una enfermedad de la piel contagiosa que florece en las celdas abarrotadas de hombres que yacen, de noche, como merluzas en un pesquero. Pero nadie estaba peor que Steven, una enciclopedia de infecciones y enfermedades ante las que su cuerpo, privado de vitaminas, ofrecía escasa resistencia. He visto varias fotografías de él. Poseía los ojos vidriosos que se ven en niños desnutridos, o febriles, o abandonados. Steven era las tres cosas. El joven, un ejemplo perfecto de los detritus humanos producidos por una guerra civil que comenzó en 1991 y terminó en 2002, que costó 50.000 vidas y otras tantas violaciones y que expulsó a medio millón de personas de sus hogares, no había recibido ninguna visita en los casi dos años que llevaba encerrado, ya que sus padres habían muerto y el resto de su familia que vivía lejos, en el interior le había olvidado hacía mucho tiempo.

Fernando, que en una vida anterior había sido enfermero, volvió en agosto y se encontró con que Steven había muerto. "Como un perro callejero", dice. Quedaban muchos más perros callejeros donde había estado Steven. El que llamó la atención en esta segunda visita a Fernando fue Abdul Sesay: la misma mirada enferma y vacía; la sarna extendida por todo el cuerpo. Dijo que tenía 16 años, pero parecía que tenía 12. Él también procedía del campo, y sus padres también habían muerto, su padre en la guerra y su madre de enfermedad. Había vivido solo en las calles de Freetown, la capital, desde los 9 años. Sierra Leona, según pude descubrir cuando viajé allí con Fernando, es un país de Oliver Twists, de huérfanos errantes que se buscan la vida en unas condiciones que Dickens habría podido reconocer en los barrios más siniestros del Londres victoriano. O tal vez no. La capital del imperio mundial del siglo XIX tendría más bullicio y riqueza, más oportunidades para que los desafortunados pudieran construirse una vida que fuera algo más allá de la mera supervivencia animal.

En un libro sobrecogedor llamado Soldiers of light (Soldados de luz) que leí en el vuelo a Freetown, el autor, Daniel Bergner, cita a un veterano funcionario de cooperación del Gobierno británico que dijo que el futuro que preveía para Sierra Leona era "a mitad de camino entre la edad de piedra y el mundo moderno". Yo había visto también un informe del Departamento de Desarrollo Internacional (DFID) del Reino Unido que explica que Sierra Leona, el antepenúltimo país del índice de desarrollo humano (en el puesto 180 de 182), pese a su gran riqueza natural en diamantes y otros minerales, tiene unos índices de mortalidad neonatal, infantil y materna de los peores del mundo, y un índice de analfabetismo superior al 50%. Otro dato estadístico: el 70% del presupuesto del Estado procede de donantes extranjeros.

Aterricé en el diminuto y caótico aeropuerto internacional de Freetown a las dos de la mañana y descubrí que la forma más rápida de ir a la ciudad no era por carretera, sino por mar. Pronto comprendí por qué. El breve camino hasta el embarcadero fue una carrera de obstáculos para todoterrenos. Con cráteres en los que podía dormir una familia de hipopótamos. Me dijeron que existía una carretera hasta Freetown y que si hubiera estado asfaltada habríamos tardado 20 minutos en llegar. En el estado en que se encontraba, tardaríamos cuatro horas.

Eran ya pasadas las tres cuando salió el ferry hacia la ciudad atravesando la bahía, uno de los pocos puertos naturales de la costa occidental africana, descubierto por los navegantes portugueses que, en el siglo XV, inspirados por lo que les pareció la forma de león de las colinas que veían desde sus barcos, asignaron al país el nombre latino que aún hoy conserva. En el ferry había alrededor de 20 pasajeros, todos provistos de un chaleco salvavidas de color naranja. Los dueños están haciendo fortuna lo que es una fortuna en Sierra Leona con su monopolio, pero los demás pasajeros y yo coincidimos, mientras surcábamos el mar agitado, en que esa era una buena inversión. También fue buena idea que nos pusieran una película en DVD sobre una gran pantalla situada en la proa. El título de la película, de la que no pudimos ver más que media hora, era 10.000 aC.

El oficial de guardia en la entrada del edificio gris de la prisión, que los habitantes locales llaman Pademba Road (un nombre que en Sierra Leona tiene connotaciones amenazadoras), nos pidió a Fernando y a mí que le entregáramos nuestros teléfonos móviles y nuestro dinero. "Por su seguridad", dijo. Le di el móvil, pero no el montón de billetes que tenía en los bolsillos de mi vaquero. En una pizarra figuraba escrito el número de presos: 1.307. Indicaron a un guardia de uniforme verde que nos acompañara, y también lo hizo el capellán, un señor mayor distinguido. Eran las once de la mañana; teníamos permiso para estar en la cárcel hasta las cuatro. Nuestro objetivo era dar esquinazo a nuestros acompañantes y entrevistarnos a solas con Abdul Sesay y otros menores internos. Pero antes teníamos que hacer la visita guiada. Abrieron las puertas y entramos en un complejo dominado por cuatro edificios grandes y de baja altura. Los colores visibles oscilaban entre el gris oscuro y el marrón claro: los muros, los tejados de chapa ondulada, los pantalones cortos y las camisas que llevaban los presos (hasta las camisetas del FC Barcelona y el Inter de Milán que llevaban algunos parecían haberse vuelto grisáceas), la piel de los hombres. Cientos de ellos, que daban vueltas en un gran patio, se detuvieron y se agruparon a nuestro alrededor, casi todos con una gran sonrisa. "¡Fernando!", gritó uno. "¡Fernando!", otro. "¡Fernando! ¡Fernando! ¡Fernando Torres!". Su apellido no es Torres. Ese es el apellido del futbolista español que juega en el Liverpool y a quien todos los presos de Pademba Road (y todos los habitantes de Sierra Leona, según iba a descubrir) conocen y adoran. Pero este otro Fernando, menos famoso en el resto del mundo, era una estrella del rock para los reclusos. Había pasado todo el mes de febrero fotografiándolos, conviviendo con ellos durante el día. Y había vuelto 12 días en agosto. Ellos le querían porque les trataba con respeto y buen humor, y porque -a falta de que lo hicieran las ONG que pululan por Freetown les llevaba medicinas. Fernando se detuvo en el centro del patio y abrió una bolsita que llevaba en el cinturón del vaquero, y la muchedumbre se arremolinó en torno a él. Sacó un tubo de crema y los presos se colocaron para que les pusiera un poco en sus manos. En cuanto la tenían, se bajaban el pantalón corto y se apresuraban a aplicársela en la entrepierna, para calmar el picor. A algunos les dio también una pequeña píldora roja, un antídoto contra la sarna. La escena se repitió en todos los rincones de la cárcel a los que fuimos. "¡Fernando! ¡Fernando!", y él se disponía a hacer de Florence Nightingale. Estábamos entre los miserables de los miserables de la tierra, algunos de ellos criminales peligrosos, en un país que durante los años noventa había sido testigo de los actos más brutales de crueldad humana, sin parangón en ningún otro país excepto Ruanda. Sin embargo, en vez de sentir que estaba bajo peligro, lo que percibí en todo momento fue curiosidad y buena voluntad. Los presos venían, uno tras otro, a darme la mano, presentarse y preguntarme mi nombre. Nuestro guardia, que iba sin armas, parecía completamente relajado.

El capellán nos llevó a un oscuro taller en el que los presos aprendían carpintería, tapicería, costura y zapatería. Esparcidos por mesas improvisadas, taburetes y el suelo de cemento, vi martillos, sierras, objetos de metal afilados: suficientes instrumentos letales como para comenzar una pequeña guerra. El capellán no parecía alarmado, ni mucho menos, y expresó su pesar porque a los presos, al quedar en libertad, les resulta prácticamente imposible conseguir esas herramientas, con lo que el oficio que han aprendido en prisión no les sirve de mucho a largo plazo. Sin embargo, el guardia explicó que las chanclas y las prendas de vestir que hacen (un preso me mostró con orgullo un vestido de niña que había hecho en la máquina de coser) se las compran él y otros colegas para venderlas luego en los mercados. Con ese dinero compran jabón y agua -que llegan en camión a la cárcel, donde se venden por cubos y, si les sobra algo, alguna comida extra. En el patio vi a uno de los afortunados beneficiarios del sistema. Completamente desnudo, observado con envidia por otros presos, estaba enjabonándose el cuerpo de la cabeza a los pies, el rey de Pademba Road. La mejor estación del año, señaló Fernando, es la de las lluvias. Duchas gratis para todos.

Gobernado por un presidente benévolo, bienintencionado y debidamente elegido, llamado Ernest Bai Koroma, cuyo principal objetivo es reconstruir el país tras el caos y la devastación de una guerra que afectó a todos y que todos parecen querer olvidar, la verde y exuberante Sierra Leona parece un lugar tranquilo en el que las tensiones, si es que existen, consisten en las batallas diarias de la gente para salir adelante. Las únicas rivalidades sociales visibles son las de los equipos europeos de fútbol que cada uno -por motivos misteriosos- decide apoyar. Es difícil encontrar un coche que no lleve una pegatina en la que proclama su fidelidad al Manchester United, o al Arsenal, o al Chelsea, o al Barcelona, o al Real Madrid. Un taxista con el que hablé me dijo que era del Real Madrid, pero que su madre era del Barcelona. "Tenemos grandes peleas sobre ello mi madre y yo", dijo sonriendo.

En Soldiers of light, un oficial del ejército británico se muestra pesimista sobre las posibilidades de que el país cree una sociedad ordenada y funcional "en 300 años", pero luego dice: "Podríamos aprender mucho de ellos. De su bondad". El oficial formó parte de una gran fuerza que Tony Blair envió a Sierra Leona para poner fin a la guerra civil. Uno de los pocos casos de "política exterior ética" en la historia, y salió bien. El comentario del oficial, que deja patente su desesperación por la pobreza, el caos y la corrupción omnipresentes, pone de relieve la esencia del gran misterio de África: la extraordinaria capacidad de bondad que existe al lado de toda esa miseria y esa violencia. Y esa bondad se expresa, sobre todo, en la capacidad de perdón que tiene la gente. El salvajismo también es una constante en el resto de la especie, por ejemplo en Europa durante el siglo XX. Pero los africanos son los únicos que parecen capaces de superar rencores, perdonar y olvidar. Mientras en los Balcanes, donde todavía recuerdan con amargura batallas libradas en el siglo XIV, o en el País Vasco, o en Irlanda del Norte el revanchismo pugna sin cesar con la necesidad de reconciliación, en África están los ejemplos de Ruanda, donde hutus y tutsis viven en paz tras un genocidio en el que murieron casi un millón de personas, y Sudáfrica, donde la población negra perdonó a los blancos después de haber sufrido siglos de indignidades racistas que rozaban la esclavitud. Una de las explicaciones es que la pobreza obliga a los africanos a ser prácticos. Si lo que está en juego es la supervivencia, uno no puede permitirse el lujo de recrearse en los viejos agravios. Pero otra razón, más profunda, y en cierto modo relacionada con la primera, me la dio un preso insólito en Pademba Road.

Su nombre (también insólito) era Simon Hayman-Goldsmith. Era negro, pero ahí acababa toda semejanza con los demás presos. Británico, chisposo, elocuente, había estado estudiando para obtener un máster en administración de empresas en Inglaterra cuando tuvo la desafortunada idea de ganar un poco de dinero extra transportando cocaína desde Sierra Leona, un puerto de paso para las drogas colombianas destinadas a Europa. Él confirmó que la sensación de seguridad que me había dado la prisión no estaba equivocada. "Nueve guardias sin armas, 1.300 presos y prácticamente ningún problema, prácticamente ningún peligro. ¡África es asombrosa!". Sobre todo porque, como dijo, hay muchos motivos para el resentimiento. Muchos de los presos, me contó, estaban en la cárcel por razones injustas, bien por delitos que no habían cometido, bien porque les habían otorgado condenas desmesuradas, bien porque pasaban mucho tiempo tras las rejas en espera de juicio. "Lo que pasa", explicó Simon Hayman-Goldsmith, para darme su respuesta al enigma africano del perdón, "es que la gente, aquí, vive absolutamente en el presente. Olvidan el pasado, así que olvidan lo que sucedió. Y el futuro también tiene poco significado. Viven aquí y ahora, y nada más".

En teoría, los aproximadamente 140 presos reunidos para un servicio en la capilla de la prisión, al que asistimos por insistencia del capellán, estaban preparándose para el más allá. En la práctica, estaban disfrutando del momento. Era la religión como espectáculo: todos cantaban, bailaban, daban palmas, se movían y gritaban, dirigidos por un ministro de la escuela de histrionismo ("¿Sois felices?". "¡Sí!". "¿Estáis contentos?". "¡Sí!") de los baptistas sureños de Estados Unidos. ¿Tendrá su origen allí, en América? ¿O lo llevaron los esclavos desde África? O, en el caso concreto de Sierra Leona, una colonia fundada por esclavos devueltos desde América por los británicos a finales del siglo XVIII (de ahí Freetown, "ciudad libre"), ¿lo llevaron allí y luego lo volvieron a traer? Fuera como fuera, les vino bien. Estos fieles tenían un hambre de alimento divino no siempre visible en los fieles que van a misa en los barrios burgueses europeos. La capilla era el único sitio de la prisión en el que se había invertido en la estética. Unos pequeños cuadros enmarcados seguían a lo largo de las paredes la pasión de un Jesucristo negro acompañado de su madre María. En otro cuadro, tras el altar, un Jesucristo blanco, y a su lado, un gran cuadro de san Pablo en una celda, rezando, observado por un guardia con uniforme de soldado romano. En la parte de abajo del cuadro había una frase de la carta de Pablo a los filipenses: "Regocijaos en el Señor. Otra vez digo, regocijaos...". Los presos se regocijaban con el entusiasmo de unos hinchas de fútbol cuyo equipo acaba de ganar la liga. La religión es un fenómeno que está desvaneciéndose, o volviéndose mecánico para algunos de los que todavía practican, en los países ricos europeos, pero posee un valor diferente para la gente que no tiene nada; en el caso de estos africanos, los alejaba de la implacable crudeza de su vida en la cárcel y les infundía, aunque fuera de forma provisional, un sentimiento de dignidad, triunfo y esperanza.

Algo muy parecido habría latido en los corazones de los fieles que adoraban a Alá en la minimezquita que hay dentro de Pademba Road. Y la misma tolerancia también. Cuando le pregunté a un guardia sobre las posibles tensiones entre presos musulmanes y cristianos, me respondió con una mirada francamente perpleja.

El presidente de Sierra Leona es cristiano; el vicepresidente, musulmán. Todas las ceremonias oficiales del Gobierno comienzan con oraciones de las dos religiones dominantes del país. Los matrimonios mixtos son habituales y, por lo visto, sin tensiones. Uno de los muchos taxistas con los que hablamos Fernando y yo tenía una pegatina en el salpicadero que decía: "La sangre de Jesús es mi arma". Sin embargo, era un musulmán devoto, y bastante severo, que sometió a sus dos pasajeros infieles a un interrogatorio duro -y cada vez más preocupado sobre su fe en Dios. Pero tampoco era wahhabita, y nos sorprendió con algunas herejías que, si hubiera estado en Arabia Saudí, le habrían hecho aterrizar bastante deprisa en el Pademba Road de Riad. ¿La diferencia entre el cristianismo y el islam? "No son más que palabras. Distintos métodos de adorar a Dios", respondió. ¿Y si un cristiano se enamora de una musulmana? "Si una mujer musulmana se casa con un cristiano, debe hacerse cristiana. Si el hombre es musulmán y ella es cristiana, debe hacerse musulmana".

Está claro que todavía queda mucho por hacer en materia de derechos de la mujer en Sierra Leona, aunque sí oí decir que en ocasiones, con matrimonios mixtos de este tipo, se celebran dos ceremonias religiosas, una en una iglesia y otra en una mezquita. También me enteré de que están penetrando por el norte "influencias árabes" que amenazan con radicalizar a los musulmanes y complicar su relación, hasta ahora tranquila, con los cristianos. Eso podría ponerles las cosas más difíciles a las prostitutas que se ofrecen alegremente junto a los bares de la playa. Si las cosas cambian, serían candidatas a ser lapidadas. Ahora, en cambio, no parece que ningún hombre se sienta ofendido. Las mujeres tienen que sobrevivir, como todo el mundo.

La hora de la comida en la sección de la cárcel en la que estaba Abdul mostró un aspecto menos benigno de la vida en prisión. El capellán se fue y el guardia, reacio a entrar en la galería donde estaban encerrados los presos en espera de juicio, nos dejó que campáramos por nuestros respetos. Ya se había formado una cola frenética en las puertas de metal de una mazmorra oscura y los presos mayores decidían cuánto se servía a cada uno primero. Un preso murmuró: "Ni un perro querría comerse esto". Pero todos se lo comieron, y con ansia. Con las manos, en cuclillas, medio desnudos sobre el suelo del calabozo, en cuencos de plástico. La comida era arroz con hojas de patata espolvoreadas. Cada preso recibía un botellín de plástico de agua, un agua sucia que a Fernando y a mí nos habría hecho enfermar, pero que todos los presos atesoraban y bebían a sorbos, con enorme sentido del ahorro, durante todo el día y la noche, hasta que les llegara el siguiente botellín 24 horas después. A cada lado del calabozo había filas de celdas pensadas para dos personas, pero en las que dormían ocho. No fue la primera vez, en mis años de viajar por África, que me impresionó -mejor dicho, me abrumó la resistencia de los africanos, su capacidad de seguir adelante en condiciones que a los europeos les parecerían infrahumanas, su infinita capacidad de adaptación y aguante.

Por fin nos encontramos con Abdul Sesay en una celda grande, como la cuarta parte de una pista de tenis, en la que dormían 60 personas. Era menudo, con un rostro de niño, marcado de acné, y unos ojos tristes. Su padre (también el suyo) había muerto en la guerra; su madre, de enfermedad (la edad media de mortalidad en Sierra Leona es hoy 42 años, frente a 39 durante la guerra). "Vivía con mi abuela en la aldea, pero me dijo que me fuera porque no tenía dinero para cuidarme". Eso pasó en 2003, cuando Abdul tenía 9 años. Desde entonces estaba en Freetown, trabajando en lo que le salía, llevando cestos en el mercado, durmiendo de noche dentro de un automóvil en un cementerio de coches a las afueras de la ciudad. ¿Por qué estaba en Pademba? "Alguien robó una radio y me la dio. Yo no sabía de dónde procedía, pero la policía me la encontró encima y me acusó del robo". Mientras Abdul hablaba, Fernando le metió una píldora roja en la boca. Era para combatir las erupciones de sarna que le cubrían la mitad del cuerpo. Y tenía muchas más enfermedades, dijo Fernando. "Me siento mal todo el tiempo. Me como la comida porque no tengo más remedio. Tengo miedo de algunos presos". Cuando dijo eso miré detrás de él, donde había dos tipos musculosos vestidos con camisetas de malla, unos matones carcelarios típicos, que nos observaban por el rabillo del ojo. Intenté no tenerles miedo yo también. ¿Por qué había ido a parar a una cárcel de adultos? Abdul se bajó el pantalón para mostrarnos un vello púbico precoz. "El policía me miró y dijo que estaba mintiendo, que no tenía 16 años, sino 19". No tenía por qué sacar esa conclusión, ¿verdad? "No, pero había presiones de los demandantes". ¿Pagaron al policía? Abdul no respondió nada. Pero bajó la vista y, con un gesto como de ir a llorar, asintió. ¿Alguna esperanza de salir? Sí, dijo. El viernes comparecía ante el juez. El fiscal podía ofrecerle salir con fianza. Le habían dicho que podría ser de 50.000 leones, que equivale a la espléndida suma de 10 euros. Fernando y yo nos miramos y decidimos en silencio que íbamos a intentar sacar a Abdul de allí.

Después de salir de la prisión fuimos a ver a una abogada. Exigió permanecer anónima, pero nos explicó bastantes cosas. "En Sierra Leona, si uno no tiene dinero, no puede obtener justicia", dijo. También destacó que si uno tiene dinero, puede conseguir que vaya a la cárcel una persona que piense que le ha hecho algo malo, aunque solo tenga una sospecha. "A las personas vulnerables las atropellan", dijo. Y la corrupción está presente en todo el sistema. Afortunadamente, el Gobierno está alarmado por el problema y quiere crear, básicamente con dinero británico, un sistema creíble y eficaz de defensores de oficio. El motivo de su alarma es que la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, establecida tras la guerra con ayuda de la ONU, llegó a la conclusión de que la mejor manera de evitar que se repitiera la pesadilla que había sufrido el país cuando un ex cabo del ejército llamado Foday Sankoh se levantó en armas contra el Gobierno era combatir la idea generalizada de que en Sierra Leona no existe justicia para los pobres. Sankoh, que dirigía un grupo rebelde lleno de niños soldados al que dio el grandilocuente nombre de Frente Unido Revolucionario, había pasado siete años en Pademba Road por su presunto papel en un motín del ejército mucho antes de convertirse, a finales de los noventa, en el criminal de guerra más famoso del mundo. Según la abogada, la Comisión de la Verdad concluyó que el resentimiento que Sankoh sentía por la injusticia que consideraba que se había cometido con él y con otros líderes del FUR (con nombres como Rambo, Superman y Coronel Salvaje) había sido el motor que le había llevado a desencadenar aquel baño de sangre. El hecho de que, en el caso de Sankoh, el grito exigiendo reformas hubiera dado paso enseguida a la codicia y la obsesión por adquirir diamantes (una situación dramatizada en el film de Leonardo DiCaprio Diamante de sangre, situado en Sierra Leona) no negaba la necesidad de acabar de raíz con la injusticia endémica. "El Gobierno comprende", dijo la abogada, "que si no tenemos un sistema de justicia como es debido, tarde o temprano nos encontraremos con otra rebelión, otro Sankoh".

Sankoh fue detenido en 2000 -una detención que suscitó celebraciones en todo el país e imputado por 17 cargos de crímenes de guerra. Pero antes de que fuera a juicio murió en la cárcel de un derrame; el destino le concedió, en palabras de un fiscal de Naciones Unidas, "un final pacífico que él había negado a tantos otros".

El hotel en el que me alojé fue construido por una empresa china y es propiedad de ella; la empresa es una de las muchas que están explorando África y prácticamente recolonizándola en busca de materias primas que alimenten su celebrado milagro económico. De los cinco canales de televisión disponibles en las habitaciones, dos eran chinos. (Y no solo en el hotel; a la entrada de la prisión había visto a un guardia pegado a un culebrón chino que era imposible que entendiera). En las paredes de los pasillos del hotel había fotografías enmarcadas de edificios relucientes, llenos de cristal, luces de neón y metal, en Pekín y Shanghái. En especial, las imágenes del espectacular nuevo aeropuerto de Pekín representaban (dado que el aeropuerto de Freetown es una especie de chabola grande) un mensaje a la población local rayano en el insulto, como si les restregara en la cara su ignominia económica.

Sin embargo, cuando me fui a tomar una cerveza junto a la piscina del hotel, presencié una pequeña escena que me recordó algo que, en estos días de crisis económica, solemos olvidar: que no solo de pan vive el hombre. Tres chicas nativas de Sierra Leona, de unos 20 años, retozaban en biquini por donde no cubría, moviendo las caderas de acuerdo con un ritmo que solo ellas oían, chillando, gritando, dando carcajadas. Pronto se les unió un joven negro de músculos espectaculares y, tras una breve charla de presentación, se puso por turnos a cogerlas por la cintura, o agarrarles los muslos, o llevarlas a caballo. Aparecieron dos chinos, seguramente directivos del hotel. De mediana edad, llevaban el pantalón hasta el ombligo y sandalias con calcetines grises. Se sentaron en unas tumbonas de plástico, se pusieron las manos detrás de la nuca y contemplaron en silencio el espectáculo, como en trance, durante media hora. ¿Qué les estaba pasando por la cabeza? Quizá es demasiado imaginar que estuvieran pensando en que, después de todo, Dios es justo, que comparte las riquezas con más equidad de la que a veces creemos, con nuestra obsesión por los datos de crecimiento económico y los tipos de interés; que África, despreciada y considerada un continente perdido, tal vez tenga algo que enseñar a los tigres asiáticos; que la vida es corta y quizá tenga sentido disfrutar -saborear- nuestro tiempo sabiendo que, muy por encima del ciego deber de ganar dinero, las mejores cosas de la vida son gratis; que en África existe un principio del placer, una dimensión de alegría y sensualidad que China, la admirada China, no ha sido capaz de ver. Seguramente, los dos caballeros chinos no pensaron en todas estas cosas durante su ensoñación tropical junto a la piscina; pero quizá deberían haberlo hecho.

Al día siguiente de visitar la prisión fuimos a la sede de los juzgados, un impresionante edificio construido hace 100 años por los colonizadores británicos. Nos sirvió de ensayo para nuestro plan de sacar a Abdul el día posterior. El truco consistía en convencer a un par de habituales del juzgado, en nuestro caso un joven periodista y un señor mayor que se identificó como "presidente del tribunal", y conseguir que fueran garantes de la fianza. A cambio de sus servicios, que incluían hacer un trato con el fiscal del caso (que era además policía), pagaríamos 160.000 leones por chico. La fianza en sí no era más que 50.000 cada uno, pero había que comprar a varias personas.

Fernando voló de vuelta a casa esa noche, y me quedé yo a ocuparme de Abdul al día siguiente. Esa misma tarde, Fernando había visitado un par de instituciones que cuidaban de jóvenes sin hogar para ver si podían acoger a Abdul en caso de que saliera en libertad, pero no se pudo. Había demasiados impedimentos burocráticos, y Pademba Road tampoco era buena tarjeta de visita. Yo iba a tener que intentar alguna otra cosa al día siguiente, como pedir ayuda a la abogada anónima, aunque tenía que coger mi avión de regreso a media tarde.

Antes de despedirse, Fernando me dio un montón de papeles que había recibido de los presos de Pademba para que los leyera. Eran los testimonios de más de 20 reclusos en los que describían su vida dentro y fuera de la cárcel. Todos comenzaban: "Querido Fernando" o "Querido señor". En todas las cartas había elementos comunes: una sensación de injusticia ("francamente, no hay justicia para los pobres", decía uno), las enfermedades, la falta de medicamentos, las muertes en prisión, la suciedad de las letrinas, los alimentos que tenían que comer, las aguas estancadas que bebían, la imposibilidad de lavarse nunca de verdad y, pese a todo, su fe en Dios.

He aquí algunos extractos de la nota escrita por Issa Kamara, de 15 años:

"Fecha de llegada a la prisión de Pademba: 5 de febrero de 2010. Condena: tres años. Crimen cometido: rompí el cristal de un coche... Mi madre y mi padre están vivos, pero no vivo con ellos porque no tienen con qué mantenerme, así que eso me hizo salir a la calle con mis amigos. Dormíamos en el gueto y dormíamos en el suelo. Cuando me despierto por la mañana voy con mis amigos a empujar una carretilla. A veces mis amigos no me dan dinero, solo me dan comida para que coma... Cuando llegué a Pademba Road me sentí mal. Somos siete en la celda. Cuando me despierto por la mañana tengo frío, dolor, dolores malariales. La comida no es buena. Cuando termino de comer no tengo agua para beber ni para bañarme. Yo iba a la escuela. Dejé de ir porque mis padres no tienen dinero... Cuando salga de esta prisión me gustaría ir a la escuela. Cuando termine mi educación me gustaría ser mejor persona en el futuro... Si tengo el dinero, me gustaría casarme... Y cuando esté libre de la prisión me gustaría volver con mis padres y les pediré que me vuelvan a llevar a la escuela. Si se lo ruego y me aceptan, no les dejaré solos. Lo juro por Dios".

¿Con quién se iría a vivir Abdul si saliera? En cualquier caso, lo primero era sacarlo de Pademba. Aparecí en el juzgado a las diez de la mañana, justo cuando Abdul y otros presos estaban llegando en un furgón verde de la policía, con sus manos morenas visibles a través de unas rajas de metal. Mis dos cómplices del día anterior, el "presidente" y el periodista, me esperaban, deseosos de volver a hacer negocios. El plan era pagar la fianza, sacar a Abdul, llevarlo a una farmacia para comprar las pastillas y cremas que necesitaba para sus diversas enfermedades y llevarlo después a la abogada, que había dicho que entendía muy bien lo necesario que era ayudar a los presos que salían a rehacer su vida. Pero las cosas no fueron tan sencillas.

Entré en una sala con paredes recubiertas de madera, presidida por una magistrada de aspecto imponente: cabello teñido de rojo, aire brusco, temiblemente eficaz. La sala estaba llena. Había 10 presos que aguardaban veredicto, entre ellos Abdul. Nos miramos a los ojos, él con una mirada suplicante, le saludé con la mano, asintió. Mis dos "agentes", hacia los que no sentía ningún rencor (se estaban ganando la vida a su manera), habían hablado ya con el fiscal de la policía, un joven de uniforme. El periodista, un joven solemne e intenso, me informó de que la libertad de Abdul iba a costar más dinero que la de los dos hermanos el día anterior. Iba a ser uno por el precio de dos: 320.000 leones. Dado que no estaba en situación de poder negociar, calculé cuánto dinero me quedaba y cuánto necesitaría para pagar el taxi hasta el ferry y el ferry hasta el aeropuerto, que salía a las tres de la tarde. Acepté pagar los 320.000, que en Sierra Leona -donde una pastilla de jabón puede tener un valor inmenso- parecen una fortuna, pero en realidad son unos 64 euros.

Llegó el turno de Abdul. La magistrada le preguntó cuántos años tenía. Dieciséis, contestó. Le miró confusa. "¿Y estás en Pademba?". "Sí". Ella anotó algo y le ordenó volver a su asiento. Iba a tardar más que el caso de los dos hermanos. Fui a la calle a cambiar más dinero y cuando volví hablé con mi otro agente, el "presidente del tribunal", mayor, más experto en maniobrar por los pasillos de la justicia del país, pero también más ocupado, corriendo arriba y abajo sin dejar de hablar con gente. Suponía que él se iba a quedar con la mayor parte del dinero, pese a que, como había explicado claramente su socio, habría que pagar unos cuantos sobornos más antes de saber exactamente cuánto les quedaba a ellos. El presidente dijo que tendríamos a Abdul en la calle en cuestión de una hora. Eran las once. Muy bien. Todavía había tiempo.

Esperé fuera con el periodista. Un bullicio de gente, esperando, como yo. Por un canalón a lo largo de la pared del edificio caía un chorro amarillo verdoso. Hacía calor y me compré una fanta, una cosa que nunca bebo en casa, pero que aquí me supo a gloria. Me costó 30 céntimos de euro. Habían pasado dos horas y no había ni rastro de Abdul. Me hacían falta 40 minutos para volver al hotel y llegar al ferry -que si lo perdía, perdía el avión-, así que me quedaba una hora. De pronto pasó a mi lado Abdul, sonriente, seguido del policía y mi amigo el presidente. Tenían que sacarle la "foto" y firmar unos papeles. Diez minutos, dijo el presidente. Pasó media hora, y nada. Pensé que había que olvidarse de la abogada, del plan de buscarle un cierto amparo a Abdul una vez que recuperara su frágil existencia callejera. Pero por lo menos iba a conseguirle los medicamentos en la farmacia. El periodista entró en el edificio y volvió a salir. "Abdul dice que está muy contento y que será tu padre para siempre". Sí, pero si no le veo en la calle y en libertad, tú no recibirás tu dinero, le dije.

Me hizo subir por unos escalones y me condujo por un laberinto de pasillos. Papeles, papeles en todas partes; juicios y fianzas transmitidos por escrito; ni un solo ordenador. Mendigos, policías, mujeres lozanas y maravillosamente vestidas, golfillos descalzos, abogados con traje oscuro y corbata. Una vez más, era una escena sacada del Londres de Dickens. Nos detuvimos en una pequeña habitación en la que observé cómo la magistrada rellenaba muy despacio un formulario. Eran ya las dos de la tarde. Incapaz de contenerme, montando un espectáculo absurdo, me puse a maldecir. La magistrada alzó una ceja y siguió con lo suyo. Volví a salir, por temor a causar un incidente que diera al traste con toda la aventura; esperé 10 minutos más y entonces apareció Abdul, escoltado por mis dos conspiradores, libre. Me agarró la mano derecha con las dos suyas y no quería soltarla. Me miró a los ojos, transformado, con una sonrisa propia del niño que verdaderamente era, como si acabara de recobrar la salud. Me preocupaba que ya no tenía tiempo de ir a por las medicinas. Pagué la suma acordada a sus dos libertadores y luego le metí en el bolsillo un puñado de leones, por el valor de unos 40 euros, cantidad que seguro nunca había visto, ni imaginado ver, en toda su vida. Vete a la farmacia y luego vete a tu pueblo, al campo, intenta encontrar a algún familiar. Pero antes quédate por aquí y haz todas las comparecencias ante el tribunal que te exija tu fianza. El periodista y el presidente de la corte asintieron con rostro serio. Para ellos sería un problema -o eso dijeron- que él huyese.

Un taxista al que di mis últimos 40.000 leones me llevó por los peores barrios de Freetown, montañas de basura en los que la gente rebuscaba a la desesperada, un puente endeble sobre un río negro que daba la impresión de que te arrancaría la piel en 10 segundos si tenías la mala suerte de caer en él. Llegamos al ferry con solo unos segundos de margen. Mientras me ponía mi chaleco naranja vi a un hombre de unos 25 años que vendía ropa de colores en el embarcadero. No tenía manos. A mí no me quedaba dinero ni tiempo para comprarle nada. Ojalá hubiera podido. En el camino de regreso a casa pensé (como sigo pensando hoy) que quisiera haber hecho mucho más por Abdul, haber cumplido la encomienda que me había dejado Fernando. Pero luego pensé en todos los demás presos de Pademba Road a los que me gustaría haber ayudado, pensé en el rostro desolado de un chico que estaba sentado junto a Abdul en el juzgado y que sabía que él no iba a ser el afortunado beneficiario de este hombre blanco, y pensé en los millones y millones como ellos en África por los que no podía hacer nada, y en cuánta brutalidad y cuánta corrupción hay en el continente, pero cuánta bondad también, y cuánta alegría y cuánta sensualidad y cuántas lecciones que podrían enseñarnos, pero que no aprendemos los demás, que no se nos ocurre ni tomar en cuenta, por culpa de la maldita pobreza en la que viven.

Está sentenciado a año y medio de prisión por el robo de un móvil en su escuela. una ayuda, muchas víctimas. Abdul Sesay estaba en una celda en la que dormían 60 personas. Dice que tiene 16 años; parecen 12. Desde los 9 vivió solo en las calles de Freetown. Sesenta euros le sacaron de la cárcel. Tuvo suerte. Millones y millones de chavales como él no tendrán el mismo destino. La decisión final. . Muchos necesitan acudir docenas de veces antes de ser juzgados y pueden pasar años encerrados antes de recibir una sentencia que en algunos casos puede ser exculpatoria.

El país
El infierno en la tierra
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Corea del Sur: Donde el futuro choca con la tradición ¡y sorprende en cada esquina!

29/07/2026

Corea del Sur: Donde el futuro choca con la tradición ¡y sorprende en cada esquina!

Enrique Sancho Hay lugares en el mundo que no solo deben visitarse; se sienten, se respiran y se quedan grabados en la memoria para siempre. Corea del Sur es uno de esos destinos raros y fascinantes donde los contrastes no chocan, sino que se abrazan: rascacielos ultramodernos de neón que rozan el cielo se alzan a pocos pasos de palacios imperiales del siglo XIV; templos budistas milenarios esconden paz absoluta en medio del bullicio metropolitano, y una de las culturas pop más vibrantes del planeta convive con tradiciones artesanales ancestrales. Si buscas un viaje que despierte todos tus sentidos, te saque una sonrisa en cada esquina y te demuestre que el mañana ya ha llegado, prepárate, Corea te espera. En el corazón de Seúl y en muchos otros rincones de Corea del Sur, conviven los rascacielos de última generación que nunca duermen y los templos centenarios envueltos en silencio. El país asiático se ha convertido en un imán global, con paisajes espectaculares, demostrando que es posible liderar el futuro tecnológico del planeta sin renunciar jamás a las raíces de su pasado. Ya no es solo la música que arrasa en estadios de todo el mundo o las series que baten récords en las plataformas de streaming. Corea del Sur ha conquistado el planeta exportando una cultura vibrante que marca el ritmo de toda una generación, convirtiéndose en la gran superpotencia del entretenimiento actual. De las cenizas de la devastación a la vanguardia mundial en apenas unas décadas. La historia de Corea del Sur es un vertiginoso viaje de resiliencia, innovación y ambición que ha transformado a una nación entera en un gigante tecnológico e industrial indispensable para entender el siglo XXI. Si estás buscando un lugar que combine rascacielos futuristas, templos budistas milenarios, una gastronomía callejera adictiva y una cultura pop imparable, Corea del Sur es la elección perfecta y uno de los destinos que más va a crecer en los próximos meses y años. Hay que ir cuanto antes. Más allá de los típicos circuitos turísticos, este país es un auténtico cofre de sorpresas. Aquí tienes algunas de ellas en un recorrido muy ameno por algunas de sus curiosidades y lugares más fascinantes que te atraparán antes de hacer la maleta y emprender el recorrido. Estas son algunas preguntas (y respuestas) básicas para que el viaje sea un éxito. ¿Cuándo es el mejor momento para ir? Primavera (abril a junio): Es la época estrella. Los cerezos en flor tiñen todo el país de rosa y el clima es templado y agradable. Otoño (septiembre a noviembre): Una opción igual o mejor para muchos. Las montañas se llenan de colores rojizos y dorados (danphung), y las temperaturas son frescas y secas. Hay que evitar si se puede los meses de verano (julio y agosto), ya que coinciden con el monzón (lluvias intensas) y un calor húmedo muy pesado. ¿Cómo manejarse?: imprescindibles tecnológicos En Corea no funcionan Google Maps ni Apple Maps para navegar a pie o en coche con precisión debido a restricciones de seguridad nacional. Para sobrevivir como un local, descarga estas aplicaciones antes de volar: Naver Map o KakaoMap: Son los navegadores locales. Te dirán exactamente qué metro tomar, el andén, el tiempo de trayecto e incluso la ruta a pie más rápida. Papago: El traductor definitivo creado por Naver. Funciona mucho mejor que Google Translate para el coreano, permitiéndote traducir texto, voz y carteles en tiempo real con la cámara. KakaoT: La aplicación para pedir taxis oficiales (equivalente a Uber), muy útil si te cansas del transporte público a altas horas de la noche. ¿Cómo moverse?: Conectividad y Transporte Tarjeta T-Money: Nada más llegar al aeropuerto o en cualquier tienda de conveniencia (como CU o GS25), compra una tarjeta T-Money física o digital. Es una tarjeta recargable que sirve para pagar el metro, los autobuses e incluso en algunas tiendas. Internet: Lo más cómodo es llevar una eSIM contratada desde casa o alquilar un Pocket WiFi en el aeropuerto al aterrizar. La conexión en Corea es de las más rápidas del planeta, así que volarás digitalmente. ¿Dónde comer y qué pedir? Comer en Corea es una experiencia social increíble. En algunos restaurantes elegantes con suelo de tatami, es obligatorio quitarse el calzado en la entrada. Olvídate de los modales occidentales: aquí se comparte todo al centro de la mesa. Platos que debes probar sí o sí: Kimchi: Es un icono de la cocina coreana. Parece una sencilla combinación fermentada de verduras en salmuera sazonadas pero se le suele añadir mariscos frescos o col china y otras cosas, hasta conseguir 200 tipos de kimchis. Los coreanos suelen preparar distintos tipos para consumir a lo largo del año, incluso se han diseñado frigoríficos especiales para conservarlo. Samgyeopsal: Panceta de cerdo a la brasa que tú mismo cocinas en la mesa. Bibimbap: Es muy popular, colorido y nutritivo ya que combina diferentes ingredientes como arroz, diversas verduras, carne de res, gochujang (salsa picante a base de chiles rojos) y aceite de sésamo. Korean Fried Chicken: El pollo frito crujiente coreano (suele acompañarse con cerveza helada, una combinación clásica llamada Chimaek). Tteokbokki: Pasteles de arroz glutinoso en una salsa roja picante (perfectos para un puesto callejero). Comienza el viaje: Seúl imprescindible Si tienes pocos días para descubrir Seúl, donde suele comenzar el viaje por Corea, la clave es combinar los contrastes que hacen única a esta megalópolis: palacios imperiales milenarios, mercados tradicionales caóticos y barrios ultra modernos. Este es el itinerario definitivo para exprimir al máximo lo mejor de la capital coreana: El contraste de palacios e historia viva Es casi imprescindible comenzar el recorrido por el Palacio Gyeongbokgung, es el más grande y espectacular de los cinco grandes palacios de la dinastía Joseon. No te pierdas el Cambio de Guardia Real (suele ser a las 10:00 y a las 14:00). Un consejo: Si vas vestido con un hanbok (el traje tradicional coreano), la entrada al palacio es totalmente gratis. Justo al lado del palacio se encuentra la Aldea Bukchon Hanok, un barrio de callejuelas empinadas flanqueadas por cientos de casas tradicionales de madera y tejados curvados (hanok). Las vistas de los tejados tradicionales con los rascacielos modernos al fondo son icónicas. Se puede terminar el día en el Mercado de Gwangjang, uno de los más antiguos y animados de Seúl. Es el paraíso de la comida callejera. Hay que probar los mayak gimbap (rollitos de arroz), los fideos cortados a mano (kalguksu), y las tortitas de judías mungo o soja verde (bindaetteok). Si hubiera que elegir lo mejor de Seúl, sin duda es su capacidad única para fundir pasado y presente. La magia reside en caminar por una avenida futurista rodeada de pantallas gigantes y tiendas de alta tecnología, doblar una esquina y encontrarte de repente con un palacio real del siglo XIV o con un arroyo restaurado (como Cheonggyecheon) donde la gente descansa descalza al atardecer. Es una ciudad que te atrapa porque respeta profundamente sus raíces mientras acelera hacia el futuro. Juventud, tecnología y las mejores vistas Para otro día hay que dejar la visita a Myeongdong, el distrito de las compras por excelencia y el paraíso absoluto de la cosmética coreana (K-Beauty). Aunque no vayas a comprar, pasear por sus calles llenas de puestos de comida callejera es toda una experiencia sensorial. Más tarde vale la pena subir hasta el monte Namsan (puedes ir en teleférico o dando un paseo agradable) para llegar a la icónica torre de telecomunicaciones N Seoul Tower. Es el mejor lugar para ver el atardecer y contemplar cómo el mar de rascacielos de Seúl se ilumina por completo. La zona está llena de los famosos "candados del amor" que se popularizaron hace años. Hay que terminar el día, –y comenzar la noche– en Hongdae, el barrio universitario y el epicentro de la cultura urbana y nocturna. Aquí encontrarás música en directo en plena calle, bailarines improvisados, tiendas de diseño independiente y un ambiente joven e imparable hasta altas horas de la madrugada. Seúl y otras ciudades de Corea vibran de noche. Si te cansas de caminar, puedes vivir la experiencia de un Noraebang (un karaoke privado donde cantar a pleno pulmón con amigos) o relajarte en un Jjimjilbang (un spa tradicional coreano abierto las 24 horas que cuenta con saunas de sal, zonas de descanso y los famosos cascos de toalla enrollada en la cabeza estilo "huevo duro"). Lo mejor en el resto de Corea del Sur Si ya te enamoraste de la capital, prepárate porque el resto del país guarda auténticos tesoros que van desde la historia imperial hasta paraísos naturales volcánicos. Aquí tienes las paradas obligatorias para completar tu viaje: Gyeongju: El museo sin paredes. Si te interesa la historia, esta ciudad es una visita obligada. Gyeongju fue la capital del antiguo Reino de Silla durante casi mil años. Hay que visitar el Templo Bulguksa (una obra maestra de la arquitectura budista) y la Gruta de Seokguram en la montaña, ambos declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. En el centro de la ciudad, pasea por el parque de los grandes túmulos funerarios reales (Daereungwon). Busan: Playas y templos junto al mar. Es la segunda ciudad más grande de Corea y ofrece un ambiente completamente diferente al de Seúl, mucho más relajado y marinero. Hay que ver el Templo Haedong Yonggungsa, A diferencia de la mayoría de los templos coreanos (que están en las montañas), este está encaramado directamente sobre los acantilados frente al mar. Gamcheon Culture Village: Un colorido pueblo de casas escalonadas en la colina, lleno de arte urbano, callejones laberínticos y miradores alucinantes. Mercado de pescado de Jagalchi: El mercado de marisco más grande del país, donde puedes probar pescado ultra fresco. La Isla de Jeju: El "Hawái" coreano. Situada al sur del país, esta isla volcánica es el destino de vacaciones favorito de los propios coreanos y un paraíso natural, considerada una de las maravillas naturales. Allí podrás conocer a las Haenyeo, mujeres, muchas de ellas octogenarias, que practican el buceo libre a pulmón hasta a 10 metros de profundidad sin bombona de oxígeno para pescar marisco fresco. Su valentía y tradición forman parte del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO. También hay que subir a la cima volcánica Seongsan Ilchubong (perfecta para ver amanecer), las cascadas de Cheonjiyeon y recorrer alguna de sus rutas costeras flanqueadas por campos de mandarinas y estatuas de piedra volcánica (Dolhareubang). Jeonju: Tradición y el origen del plato nacional. Si buscas el verdadero sabor de la cultura tradicional y de la gastronomía, este es tu sitio. Su Aldea Tradicional (Jeonju Hanok Village) cuenta con más de 800 casas de estilo clásico. Además, Jeonju es mundialmente famosa por ser la cuna oficial del Bibimbap (el plato de arroz con verduras, carne y salsa picante servido en cuenco caliente), así que comer aquí es obligatorio. De compras por Corea Corea del Sur es un auténtico paraíso para las compras, y lo mejor es que puedes encontrar desde auténticas joyas culturales hasta productos de tecnología y cosmética a precios imbatibles que en Europa o América costarían el doble. Aquí tienes la guía definitiva de qué comprar y qué resulta especialmente económico: Cosmética Coreana: La gran ganga. Si hay algo que vale la pena comprar en cantidades industriales en Corea, es cosmética. Las marcas locales como Innisfree, Etude House, Missha o Laneige son famosas en todo el mundo por su calidad innovadora. Mascarillas faciales de un solo uso (pueden costar desde menos de 1 euro la unidad en tiendas como Olive Young), cremas hidratantes, protectores solares de textura ultraligera y tintes labiales. En Seúl encontrarás tiendas en cada esquina (especialmente en el barrio de Myeongdong) con ofertas constantes de "compra 10 y llévate 10 gratis" o packs promocionales muy económicos. Papelería creativa y diseño cuqui. A los coreanos les encanta el diseño bonito y minimalista. Las tiendas de papelería son un peligro porque querrás llevártelo todo: Agendas, libretas ilustradas, washi tapes (cintas decorativas), pegatinas y estuches con diseños adorables de personajes locales como los de Kakao Friends o Line Friends. Son económicos (suelen costar pocos wones), ocupan muy poco espacio en la maleta y son el regalo perfecto y original para amigos y familiares. Té verde de Jeju e infusiones tradicionales. La isla volcánica de Jeju y la zona de Boseong son famosas por sus plantaciones de té. Entre los mejores está el té verde orgánico de alta calidad o tés tradicionales coreanos a base de raíces y frutas (como el omija, el té de cinco sabores, o el yuja-cha, una mermelada dulce de cítricos que se mezcla con agua caliente). Son ligeros, fáciles de transportar y una forma deliciosa de revivir el viaje al volver a casa. Calcetines originales y divertidos. Puede sonar a tópico, pero los calcetines en Corea son toda una institución cultural. Calcetines con estampados hipercoloridos, caras de dibujos animados, animales, obras de arte famosas o motivos típicos coreanos. Se venden en puestos callejeros (como en los mercados de Myeongdong o Hongdae) por precios ridículos (a veces a 1 o 2 euros el par). Tienen una calidad excelente, son súper suaves y duraderos. Palillos y juegos de cubiertos de acero inoxidable. A diferencia de Japón o China, donde se usan palillos de madera o bambú, en Corea tradicionalmente se utilizan palillos planos de acero inoxidable, acompañados de una cuchara alargada. Son también un original recuerdo para practicar al volver a casa. También vale la pena comprar un juego de cubiertos tradicionales coreanos (sujeo), a menudo decorados con grabados de nácar o estuches elegantes. Es un recuerdo con mucha identidad cultural, barato y que durará toda la vida en tu cocina. Buen viaje (Annyeonghi gaseyo) Cuando el avión despegue de vuelta a casa y dejes atrás el mar de luces de Seúl, el aroma a brochetas picantes de los mercados callejeros y el murmullo de las olas en las costas de Jeju, comprenderás que Corea del Sur deja una huella imborrable. No te llevarás solo una maleta llena de cosmética, calcetines coloridos y recuerdos únicos; te llevarás la calidez de su gente, el compás de una cultura que honra su pasado mientras acelera hacia el futuro y la certeza de que este viaje no fue solo un destino marcado en el mapa, sino un capítulo inolvidable de tu propia historia. Buen viaje (Annyeonghi gaseyo).

De la piedra milenaria al cristal futurista: un viaje por la esencia de la China eterna

13/07/2026

De la piedra milenaria al cristal futurista: un viaje por la esencia de la China eterna

China no se visita, se experimenta. China es un país que no te deja indiferente; es un choque de escalas, de tiempos, de historias y de tecnología. El itinerario que comienza en los mostradores de Air China en Madrid, no es solo un vuelo directo de larga distancia; es un puente temporal que nos traslada a un universo donde el tiempo se mide en dinastías y la seda aún se hila a mano. Al llegar a un aeropuerto como el de Pekín-Daxing, lo primero que golpea al viajero no es el caos (como muchos esperan), sino un orden tecnológico casi abrumador y una primera visión de la capacidad china en cualquier modalidad. Cualquiera de los más de 100 millones de pasajeros que recibe al año no tarda más de 8 minutos en llegar a su puerta de embarque desde el centro, está equipado con reconocimiento facial para el check-in y sistemas robóticos de estacionamiento. Además, cuenta con un centro de transporte intermodal subterráneo que conecta directamente con trenes de alta velocidad que te llevan al centro de Pekín en menos de 20 minutos. Esta es solo la primera impresión de este país, a lo largo del viaje que propone Chinavisión Travel, especialistas en dar a conocer China a los turistas españoles. Un viaje en el que uno puede sentir el olor a comida callejera en un viejo callejón hutong cercano que, como las grandes avenidas presumen de una limpieza impecable y la sensación de seguridad absoluta. Donde el efectivo es casi una reliquia. Todo se mueve con códigos QR (Alipay o WeChat), o cámaras de reconocimiento facial que también permiten el pago, sin otro requisito, conviviendo con templos milenarios y maravillosos paisajes. Es como haber aterrizado en el año 2050 pero con los pies en la dinastía Ming. Explorar China es como hojear un libro de historia que cobra vida. El itinerario que propone Chinavisión Travel nos lleva por el "Triángulo de Oro" (Pekín, Suzhou, Hangzhou y Shanghái), donde cada parada revela una faceta distinta de la identidad asiática. Lo esencial de Pekín Hay que comenzar, naturalmente, por Pekín, una ciudad de escala titánica. La llegada es el impacto de lo colosal. Lo primero que nos golpea son las grandiosas medidas: avenidas de seis carriles, nudos de autopistas que parecen imposibles y una arquitectura que busca, ante todo, imponer respeto, y que también sirve de gigantescas pantallas donde mostrar todo tipo de productos de lujo... en un país que se dice comunista. De lo que más sorprende nada más pisar la calle es que, a pesar del tráfico denso, los miles de scooters eléctricos que inundan las calles no hacen ruido; se deslizan a nuestro lado como fantasmas, algo con lo que hay que tener precaución, ya siguen sus propias normas de circulación y entre ellas no siempre está el respetar los pasos de cebra. También sorprende la cantidad de coches eléctricos que ya hay en la ciudad, se calcula que más de la mitad ya lo son. Tras la breve estancia en algunos de los grandes hoteles (hay 190 de cinco estrellas en la ciudad), toca ir a lo esencial porque Pekín es gigantesco – 16.410 km² de superficie (el doble que toda la Comunidad de Madrid) y 22 millones de habitantes–. Y la primera visita es a la mítica Plaza de Tiananmén. Es el punto de partida obligado. No es solo una plaza, es mucho más que un espacio público; es el centro simbólico y político de China. Con una extensión de 44 hectáreas, es una de las plazas más grandes del mundo, y ha sido el escenario de los eventos más definitorios de la historia moderna del país. Su nombre significa "Plaza de la Puerta de la Paz Celestial", en referencia a la entrada principal a la Ciudad Prohibida que se encuentra en su extremo norte. Fue aquí donde Mao Zedong proclamó la fundación de la República Popular China en 1949. La plaza alberga edificios de gran importancia, como el Gran Salón del Pueblo (sede del Parlamento) y el Mausoleo de Mao Zedong, donde su cuerpo está embalsamado, como el de Lenin en la Plaza Roja de Moscú. A nivel internacional, es recordada principalmente por las protestas pro-democracia de 1989, que terminaron con una intervención militar. Hoy en día, es un lugar de altísima seguridad lleno de vallas que hace complicado el acceso al centro de la plaza, por lo que mejor ir con tiempo, y un destino imprescindible para entender la compleja identidad de la China contemporánea. Un palacio con 9.999 habitaciones El siguiente paso es la Ciudad Prohibida (se llama "Prohibida" porque, durante siglos, nadie podía entrar o salir del recinto sin el permiso explícito del emperador), se trata del complejo palaciego más grande del mundo; cruzando el Puente de las Aguas Doradas se entra en un complejo de 980 edificios y hay que prepararse para recordar los bellos nombres que aquí, y en toda China, tienen los palacios, jardines y monumentos: Salón de la Armonía Suprema, Puerta de la Pureza Celestial, Palacio de la Longevidad Tranquila, Pabellón de los Mil Otoños, Pabellón de la Fragancia de Buda, Salón de las Olas Generosas, Jardín del Humilde, Pabellón de la Luna que se encuentra con la Brisa, Altar de la Oración por las Buenas Cosechas... y así por miles en todo el país. Se dice que el palacio tiene 9.999 habitaciones, porque solo el Cielo podía tener 10.000. Es una obra maestra del Feng Shui. Todo el complejo está alineado de norte a sur y los colores predominantes son el amarillo (color exclusivo del emperador) y el rojo (buena fortuna). En las esquinas de los tejados, hay filas de pequeñas figuras de cerámica. Representan animales mitológicos y su función era proteger el edificio de los incendios y los malos espíritus. Cuanto más importante era el edificio, más figuras tenía; el Salón de la Armonía Suprema es el único que tiene el máximo permitido. En el sistema de construcción de las dinastías Ming y Qing, el número de figuritas siempre debía ser impar (3, 5, 7 o 9) según la importancia del edificio. El Salón de la Armonía Suprema es el único edificio en toda China que tiene permiso para romper esta regla y llevar 10, lo que reafirma que es el lugar de mayor rango de todo el imperio. Una muralla de 21.000 kilómetros El siguiente paso en el viaje es la Gran Muralla China, aunque, en realidad, habría que hablar de murallas, porque no es una sola línea continua, sino una red de murallas, fosos y torres de vigilancia construidas por diferentes dinastías a lo largo de más de 2.000 años. Su objetivo principal no era solo frenar invasiones (principalmente de los nómadas mongoles), sino funcionar como un sistema de fronteras, controlar el comercio de la Ruta de la Seda y servir como una "autopista" elevada para transportar tropas rápidamente. La sección más famosa y mejor conservada (la que construyó la dinastía Ming) mide unos 8.800 km. Aunque se ha dicho lo contrario, no se ve desde el espacio. Para su construcción se utilizaron diversos materiales, en las zonas desérticas usaron arena, grava y ramas de tamarisco. En las montañas, piedra caliza tallada. Pero el gran secreto de la dinastía Ming (la sección más famosa) fue el mortero de arroz pegajoso. Mezclaron cal con caldo de arroz flotante, lo que creó una especie de cemento súper flexible y resistente que evitó que creciera maleza y soportó terremotos. La construcción de la primera gran fase de la muralla (bajo el emperador Qin Shi Huang) fue sumamente costosa. Para financiarla, además de exprimir a la población con impuestos, el emperador creó una de las primeras loterías registradas de la historia. La excursión permite disfrutar de esta maravilla del mundo durante unas horas. Para aprovechar el día, vale la pena una parada para hacerse una foto frente al estadio Nacional de Pekín, construido para ser sede de los Juegos Olímpicos de Verano de 2008 y que se conoce popularmente como nido de pájaro. Después, una visita a una fábrica de perlas y recorrer uno de sus hutongs en Rickshaws, su nombre proviene del término japonés jinrikisha, que significa "vehículo impulsado por fuerza humana” y es que es el conductor quien pedalea para avanzar. Al caer la noche, hay que pasear por la calle peatonal Wangfujing, que es un festín sensorial, y cenar un buen pato a la pekinesa. Antes de abandonar Beijing hay que hacer una visita al Templo del Cielo, ubicado en un parque donde los jubilados practican Tai Chi y juegan al Jianzi o bádminton con los pies, este templo es una joya de la arquitectura Ming. Allí está el llamado Muro del Eco que tiene una curiosidad acústica increíble. Si dos personas se colocan en extremos opuestos del muro circular y susurran, pueden escucharse perfectamente gracias a la curvatura y densidad del material. También está el Ciprés de los Nueve Dragones: Un árbol de más de 500 años cuyas ramas retorcidas parecen dragones trepando hacia el cielo. Los locales creen que su forma retorcida es producto de la energía espiritual del Templo del Cielo. Es el símbolo de la longevidad y un lugar sagrado para la fotografía. Paraíso en la Tierra La siguiente etapa del viaje supone pasar de la monumentalidad de la Gran Muralla y los grandes palacios al romanticismo de las "ciudades del agua". En China hay un proverbio clásico que dice: "En el cielo está el paraíso, y en la tierra están Suzhou y Hangzhou". Suzhou, la "Venecia de Oriente", es un oasis de elegancia clásica donde el agua y el arte se fusionan. Famosa por sus canales serpenteantes cruzados por puentes de piedra milenarios y sus exquisitos jardines tradicionales —diseñados meticulosamente para recrear paisajes naturales a escala microscópica—. El Jardín Liuyuan (también conocido como el Jardín de la Demora) es uno de los tesoros más grandes de la arquitectura paisajística china. No es un jardín cualquiera; está considerado uno de los cuatro jardines clásicos más famosos de toda China. Al avanzar hacia el sur se llega a Hangzhou, la capital del té y la naturaleza, cuyo corazón late a orillas del legendario Lago del Oeste (Xi Hu). Este paisaje, que parece sacado de una pintura tradicional con sus pagodas recortadas entre la niebla y sus sauces llorones, ha inspirado a poetas y emperadores durante siglos. Hangzhou ofrece una desconexión total a través de sus colinas verdes, donde se cultiva el famoso té verde Longjing (Pozo del Dragón). Es un destino donde la espiritualidad de los templos budistas, como el de Lingyin, se mezcla de forma única con la serenidad de sus aguas, cerrando con broche de oro una de las rutas más bellas de toda China. Rumbo al futuro Si Suzhou y Hangzhou son el alma de la China antigua, Shanghái, última etapa del viaje, es el sistema nervioso de la China del futuro. Es el lugar donde el té Longjing se cambia por un espresso y las barcas de madera por trenes Maglev que flotan a 431 km/h. Llegar a Shanghái es como aterrizar en el set de rodaje de una película de ciencia ficción. La ciudad es un duelo visual constante: de un lado del río Huangpu está Puxi, más conocida como el Bund, un desfile de edificios coloniales que parecen sacados del Londres de los años 20; del otro, Pudong, un bosque de rascacielos que parecen diseñados por un arquitecto que viajó en el tiempo. Como casi siempre en toda China, salen al paso los contrastes. En una misma mañana uno puede perderse en las callejuelas de la Antigua Concesión Francesa y diez minutos después estar rodeado de pantallas LED gigantes y robots que te sirven el café en Nanjing Road. O visitar el Museo de Shanghái, dedicado al arte chino antiguo y que contiene más de 120.000 piezas y después subir a la Torre de Shanghái, que no solo es un gigante de cristal; es un recordatorio de que en esta ciudad el único límite es el cielo, y a veces ni eso, cuando la niebla abraza su cima a 632 metros de altura. Shanghái no se visita, se experimenta a través de sus luces de neón reflejadas en el río al anochecer. Un paseo en barco al anochecer es, seguramente, la experiencia visual más potente de todo el viaje y el broche de oro perfecto para un recorrido que empezó en la piedra milenaria de la Gran Muralla y termina en el brillo cromado de la metrópolis más eléctrica del mundo. No hay que olvidar la gastronomía china Un aspecto importante e imprescindible en cualquier viaje a China es el gastronómico. En el viaje que proponemos se incluyen todas las comidas. A diferencia de Occidente, donde cada uno pide su plato, en China la comida es comunitaria. Una gran variedad de platos se colocan en el centro para que todos prueben de todo. La mesa redonda elimina las jerarquías físicas: todos están a la misma distancia de la comida y de los demás, fomentando la conversación y la cercanía. En el centro de la mesa suele haber un gran disco de vidrio giratorio que suelen llamar "Lazy Susan" donde se ponen los distintos platos y permite que cada comensal se sirva del que quiera girándolo. Es importante girarlo despacio y con cortesía cuando nadie esté sirviéndose. No hay que sorprenderse si el arroz blanco llega al final. Se considera un "saciador" por si te quedaste con hambre. La sopa también suele servirse a mitad o al final de la comida para ayudar a la digestión. Un detalle de cortesía: Servir primero el té o los mejores trozos de comida a los demás (especialmente a los mayores o invitados) antes que a uno mismo es el mayor gesto de respeto en una mesa china. La cocina de Pekín está influenciada por la cercanía a Mongolia, el clima frío del norte y los banquetes de la corte imperial. Los sabores son más intensos, salados y con un uso generoso del ajo, el jengibre y la pasta de soja dulce. Imprescindible probar el Pato laqueado a la Pekinesa (Beijing Kaoya), es el rey indiscutible. La piel crujiente y la carne jugosa se cortan en finas lonchas frente al comensal. La tradición indica que el chef lo debe cortar en exactamente 108 lonchas, pero pocas veces se cumple... y nadie las cuenta. Se come enrollado en una fina tortita con tiras de pepino, cebolleta y salsa dulce de judía. Otros platos habituales en Pekin es la Olla caliente de Pekín (Beijing Huoguo) una especie de fondue con agua o caldo suave (no con aceite o queso) de herencia mongola. En ella se cocinan al momento finísimas láminas de carne de cordero, verduras, setas... que luego se mojan en una rica salsa de sésamo. Más información: https://www.chinavisiontravel.com Sobre Chinavisión Travel Chinavisión es una marca registrada de Wenjing Global S.L. Somos una agencia de viajes Mayorista/ minorista con sede en Madrid. Nuestro propósito es dar a conocer al mercado de habla hispana, el impresionante legado cultural de China , así como su actual pujanza. Nuestro personal esta formado por empleados chinos y españoles, con años de experiencia en el turismo emisor a China y en el turismo receptivo hacia España. Para la elaboración de nuestra programación de viajes a China contamos con la inestimable colaboración de importantes empresas del sector turístico, relacionadas con China, como son Air China, China Eastern Airlines, Capital Airlines, la Oficina Nacional de Turismo de China en España, que nos ayudan a dar a conocer a nuestros clientes lo mejor que el gigante chino puede ofrecer.

París se convierte en la capital mundial del gaming con 2.000 jugadores y 75 millones de dólares en premios

12/07/2026

París se convierte en la capital mundial del gaming con 2.000 jugadores y 75 millones de dólares en premios

Enrique Sancho   Tras el éxito de los Juegos Olímpicos del año pasado, la capital francesa afronta una nueva prueba internacional, de carácter muy distinto. La élite de los videojuegos competitivos ha encontrado un nuevo hogar este verano. Por primera vez en su historia, la Esports World Cup (EWC) sale de Arabia Saudita para celebrar su tercera edición en Europa. Desde el 6 de julio hasta el 23 de agosto de 2026, la vibrante ciudad de París acoge el evento de deportes electrónicos más grande del planeta. El centro de operaciones principal se ha instalado en el prestigioso recinto Paris Expo Porte de Versailles, transformando la capital francesa en un festival masivo que combina competición extrema, cultura geek y entretenimiento para todos los públicos.   Las cifras récord del evento   Para entender la magnitud de lo que está ocurriendo en París, basta con mirar los números que maneja la organización este año: Duración: 7 semanas de competición ininterrumpida. Participación: Más de 2,000 jugadores de élite y 200 clubes internacionales provenientes de más de 100 países. Bolsa de premios: Un récord histórico de 75 millones de dólares a repartir entre todas las disciplinas. Variedad: 25 torneos en total que cubren 24 de los videojuegos más populares del mundo.   ¿Qué juegos están en el menú?   La EWC 2026 destaca por su diversidad, ofreciendo competiciones de primer nivel divididas en grandes categorías para satisfacer a cualquier fanático del gaming: Tácticos y Shooters: Counter-Strike 2, VALORANT, Call of Duty: Black Ops 7, Rainbow Six Siege. Estrategia y MOBA: League of Legends, Dota 2 y torneos digitales de Ajedrez. Lucha y Deportes: Street Fighter 6, Tekken 8, Rocket League y Trackmania. Battle. Royale y Móviles: Fortnite (en su modo Reload), PUBG Mobile y Honor of Kings.   El Campeonato de Clubes: La joya de la corona   A diferencia de los torneos tradicionales donde solo importa el campeón de un juego individual, la EWC premia la consistencia global. El Club Championship cuenta con una bolsa reservada de 30 millones de dólares. Aquí, organizaciones multidisciplinarias gigantes como Team Vitality (los héroes locales franceses), G2 Esports, T1 o los vigentes defensores del título, Team Falcons, compiten entre sí sumando puntos con los resultados de sus divisiones en cada juego. El club que demuestre ser el más dominante y versátil en múltiples videojuegos se llevará el gran trofeo a casa.   ¿En qué consisten las "Pruebas"?   En total se celebran 25 eventos en 24 disciplinas de esports. En el mundo de los videojuegos competitivos, las pruebas varían drásticamente según la disciplina. En las siete semanas de competición se abarcan todos los grandes géneros del gaming competitivo: FPS, juegos de estrategia, títulos deportivos, MOBA, battle royale, juegos de lucha, juegos de carreras, ajedrez...   1. Pruebas por Objetivos y Rondas (Shooters Tácticos)   Juegos como Counter-Strike 2 o VALORANT se juegan en equipos de 5 contra 5. La prueba consiste en que un equipo debe plantar un artefacto explosivo en una zona designada y el otro debe evitarlo o desactivarlo. Se juegan a mapas completos; el primer equipo en ganar 13 rondas se lleva el punto del mapa.   2. Destrucción de la Base Rival (MOBA)   En League of Legends y Dota 2, la estrategia es total. También juegan 5 contra 5, y cada jugador controla a un "campeón" con habilidades únicas. La prueba consiste en avanzar de forma coordinada a través de un mapa custodiado por torretas automáticas para destruir el núcleo o base del enemigo (llamado Nexo o Ancestro). Estas partidas pueden durar entre 25 y 50 minutos llenos de tensión táctica.   3. Modos de Supervivencia Masiva (Battle Royale)   Para títulos como Fortnite o PUBG Mobile, la prueba cambia por completo: no es un cara a cara directo, sino un "todos contra todos". Docenas de equipos caen simultáneamente en una isla gigante con el objetivo de recolectar armas y recursos. A medida que una tormenta eléctrica reduce el espacio de juego, los equipos se eliminan entre sí. La prueba premia la supervivencia absoluta: el último equipo en pie gana.   4. Duelos 1 contra 1 (Lucha y Deportes Digitales)   Juegos como Tekken 8, Street Fighter 6 o los torneos de ajedrez virtual son el equivalente al tenis o al boxeo tradicional. Es un enfrentamiento directo e individual a base de reflejos puros o estrategia mental, donde el jugador que comete el más mínimo error queda fuera del torneo.   El Orgullo Hispano en París   La comunidad hispanohablante tiene varios de sus proyectos más potentes compitiendo codo con codo contra los gigantes asiáticos y norteamericanos en la EWC 2026:   Team Heretics (España): El club fundado por el creador de contenido TheGrefg es una de las organizaciones con más peso en la escena de shooters de Europa. Llegaron a la cita parisina pisando fuerte en el torneo de VALORANT y buscan arañar puntos vitales para el Campeonato de Clubes.   Movistar KOI (España): La alianza entre el streamer Ibai Llanos y el exfutbolista Gerard Piqué se mide a nivel internacional, especialmente en competiciones de estrategia y arenas de batalla como League of Legends.   9z Team (Argentina): La "Violeta" es el estandarte absoluto de América Latina en los juegos tácticos, destacando su presencia en las fases finales del torneo de Counter-Strike 2.   Leviatán (Argentina): El club del dragón se ha ganado a pulso su plaza internacional, aportando plantillas multiculturales muy potentes a la competición general.   Estrellas más allá de la pantalla   El evento no solo ha atraído a leyendas del teclado y el mando. La EWC 2026 ha vuelto a fichar a grandes figuras del deporte y la cultura tradicional como embajadores globales, destacando la presencia del astro del fútbol Cristiano Ronaldo y el genio del ajedrez Magnus Carlsen. Además de la acción competitiva, los asistentes en París disfrutan del Fan Fest, zonas de juego libre para probar lanzamientos recientes y un despliegue de retransmisión masivo que planea superar las 7,000 horas de contenido en directo en más de 40 idiomas. En paralelo a las pruebas se celebra el Festival EWC, una celebración mundial de la cultura gamer que acompaña a los torneos. Reúne competiciones de esports, conciertos de música en directo, salas de arcade retro, cafés temáticos, concursos de cosplay, estudios creativos y mucho más, ofreciendo a millones de fans una experiencia total. En París, esta dimensión festiva se desplegará dentro y alrededor de Paris Expo Porte de Versailles. París no solo celebra el verano físico, sino que ya se ha coronado como el epicentro digital del año.   Más información: Valerie.Watine@atout-france.fr https://www.atout-france.fr/es/pro/ES