23/05/2011
"Estuve una semana en shock"
Deia
Yuki tiene 24 años y reside en Bilbao desde hace más de un año. El pasado 7 de marzo viajó a Minamisoma, en la prefectura de Fukushima, para realizar una breve visita a sus familiares y amigos. Cuatro días después, le sorprendió el terremoto y posterior tsunami que arrasó parte de su ciudad. "Estaba con mi ama en la capital de mi provincia, Fukushima, renovando el carné de conducir. Recuerdo que salía de la oficina; iba escuchando música, en mi mundo, y de repente vi a dos chicas que se metían debajo de la mesa. Cuando me quité los cascos ya había empezado el movimiento. Era enorme, no había sentido algo así en mi vida. Se caía todo". Yuki no recuerda más de aquel día; de hecho, sus recuerdos sobre la semana posterior al terremoto son vagos. "Tengo flashes de lo que ocurrió. Estaba en shock, había réplicas constantemente, no podía tranquilizarme".
Minamisoma, de unos 70.000 habitantes y a 25 kilómetros de la central nuclear de Fukushima, fue una de las ciudades más castigadas por el tsunami, aunque su vivienda no resultó apenas dañada. "El tsunami pasó a kilómetro y medio delante de mi casa. Los daños fueron por el terremoto, aunque solo tuvo grietas y se cayó una parte del tejado. Tengo mucha suerte, porque no quedó destruida y mis padres están bien. Pero hay una parte de la ciudad que ha quedado arrasada". Las autoridades calculan unos 400 residentes fallecidos y alrededor de un millar aún desaparecidos a causa del tsunami. "Mi aita salió al día siguiente del terremoto con la bici para saber qué había pasado con nuestros familiares, porque no podíamos comunicarnos con ellos, y cuando volvió, me dijo: no salgas, no lo veas, es mejor", explica Yuki.
LA PÉRDIDA
Una semana después, al seguir sin noticias del resto de su familia, la mayoría residente en la prefectura de Fukushima, su ama y ella salieron en busca de información. Acudieron a un edificio gubernamental, "donde había varias listas, una con los nombres de las personas que estaban en refugios y otra con los desaparecidos. Mi tío y mi primo estaban en la primera; mi tía, la hermana de mi ama, estaba en la segunda". Fue la peor noticia posible. Yuki aún recuerda aquel momento como "si estuviera viendo una película, no asimilaba que eso nos estaba pasando a nosotras".
El cuerpo de su tía apareció más de un mes después, cinco días antes de que esta joven japonesa cogiera el avión de vuelta a su ciudad de acogida, Bilbao. "Por lo menos me pude despedir de ella, estaba irreconocible, al parecer había estado todo ese tiempo en el agua". La hermana de su ama y su familia vivían a 15 kilómetros de la central nuclear de Fukushima y "a tres minutos del mar". El tsunami se llevó también su casa, por lo que su tío y su primo siguen viviendo en un refugio. "La madre de mi tío vio cómo la ola se lo llevaba todo. Estaba en lo alto de una montaña cerca de casa, mientras que mi tía recogía algo de ropa para marcharse del pueblo, pensaban que les daría tiempo, pero llegó el tsunami y no pudo salvarse". Esta parte de la historia es especialmente dura para Yuki, que no puede evitar emocionarse al recordar a su tía.
LA AMENAZA NUCLEAR
Durante una semana, la joven estuvo encerrada en casa, pero las noticias de los daños sufridos por Fukushima-Daichii provocaron un éxodo en Minamisoma. Su familia se trasladó a Iitate, a más de 40 kilómetros de la central nuclear, donde vivían otros familiares. Pero también allí se sentían inseguros por la incertidumbre de no saber hasta dónde podía afectar la radiación. "Es algo que no se puede ver y el Gobierno y la central no decían nada", se queja. "Entre todos decidieron que era mejor que yo me fuera a Tokio, porque soy joven y me puede afectar más la radiación, pero yo no me quería ir. Estaba muy triste porque pensaba que podía ser la última vez que viera a mis tíos y a mis aitas".
Finalmente viajó con su padre a la capital japonesa, donde pasó tres semanas. La primera noche la pasaron en un refugio, luego se alojaron con otros familiares que residían en Tokio y, finalmente, en un hotel que ofrecía alojamiento gratis a los afectados del terremoto y tsunami. "No puedo imaginarme a esa gente que todavía está alojada en refugios, tiene que ser horrible". A pesar de su dramática experiencia, Yuki repite una y otra vez la suerte que ha tenido. "Mis padres están vivos, yo estoy bien, nuestra casa está bien. He tenido mucha suerte, hay gente que lo ha perdido todo, que ha perdido a toda su familia, su casa, su trabajo, todo, es horrible", se lamenta.
Tras la estancia en Tokio, la familia volvió a reunirse en su ciudad, Minamisoma, que se sitúa fuera de los 20 kilómetros de la zona de exclusión, pero dentro de los 30 kilómetros en los que la población debe permanecer en casa. Para salir, es obligatorio ir con mascarilla y tapados al máximo posible. Yuki muestra las fotos que tomó de su ciudad un mes después del desastre. Enseña la imagen de una persona completamente cubierta y dice: "Esta es mi ama, ¿a que se parece a mí?", bromea. Y es que a pesar del drama, esta joven japonesa no pierde la sonrisa. La siguiente imagen es más dura: "Esto era una residencia de ancianos, murieron todos por el tsunami".
Al regresar a Minamisoma, Yuki quería ver el mar; "no quería tenerle miedo, que es lo que le está pasando a mucha gente". "Desde pequeña, voy todos los veranos con mi aita a la playa, yo voy en bici y él corriendo, me gustan mucho esos momentos. Así que fui con mi ama como un mes después del tsunami. ¡Ya no hay playa!", exclama asombrada. "En la costa nos encontramos con dos bomberos que estaban buscando a gente desaparecida; uno de ellos había perdido a su mujer y a sus hijos. Me indicó, muy naturalmente, dónde fue encontrado el cuerpo de su hija y me dijo que su hijo todavía no había sido hallado. Perdió a toda su familia, pero no lloraba. Creo que ya se había hecho a la idea".
VIVIR CON LA RADIACIÓN
Yuki regresó a Bilbao hace casi un mes. Sus padres siguen en Minamisoma y solo pueden salir de casa con mascarilla, según las órdenes del Gobierno japonés. En esta ciudad, la mayoría de las tiendas están cerradas, así como los hospitales y los centros de enseñanza. Son muchos los vecinos que han huido, pero sus padres han decidido quedarse. Mientras, sus tíos de Iitate tienen que abandonar la localidad antes de finalizar el mes, debido a los altos niveles de radiación hallados en la zona. Y es que, a pesar de estar a más de 40 kilómetros de la central nuclear, Iitate es uno de los pueblos más castigados por las fugas radiactivas -presenta 7,37 micorsieverts por hora, la concentración más alta después de la localidad de Namie, a dos kilómetros de la central nuclear, que registra 17,3 microsieverts-. Sus tíos ya han encontrado un lugar donde mudarse, sin embargo, según Yuki, hay habitantes muy enfadados en Iitate, sobre todo los ganaderos, por tener que abandonar sus tierras y sus animales.
Tanto Minamisoma como Iitate, así como la mayoría de las ciudades y localidades de Fukushima, son zonas de agricultores y ganaderos que han perdido su trabajo debido a la crisis nuclear. "Mi aita también se dedica a la agricultura y dice que, por lo menos este año, no se va a poder cultivar arroz, con la de campos de arroz que hay en Fukushima; y verdura, cultivarla la puedes cultivar, pero nadie te la va a comprar por miedo a la radiación". Y lo mismo pasa con los pescadores. "Esta gente lo ha perdido todo. Los diez puertos de Fukushima no funcionan, casi todos los pescadores perdieron sus casas y sus barcos, y ahora nadie les compra pescado", asegura. "Esta gente necesita mucha ayuda para poder seguir con su vida, lo han perdido todo". Por eso, Yuki participa en cada una de las actividades que se realizan en Euskadi para recaudar fondos para la gente de su provincia.
EL ENFADO
Hay malestar en Fukushima. Sus habitantes se sienten engañados por el Gobierno y Tepco, la operadora de la central nuclear. "Nos tenían que haber avisado desde un principio de los riesgos, de qué era lo que teníamos que hacer, qué era lo mejor para nosotros. Aunque fueran malas noticias, teníamos derecho a saberlo. Ahora, dos meses después les dicen a los de Iitate que tienen que marcharse, y hay gente que no tiene dónde ir". De hecho, hay personas que se niegan a abandonar sus hogares.
Pero ese no es el único motivo de enfado entre los japoneses de Fukushima. "Existe la percepción de que la central nuclear está ahí para abastecer de energía a Tokio, pero los que sufrimos las consecuencias somos nosotros", explica esta joven japonesa. "Esto es porque la gente se ha hecho muy cómoda, le gusta que haya supermercados abiertos las 24 horas, que haya máquinas por todas partes de bebida y comida, hay un derroche de electricidad en Tokio que no es necesario. Nosotros, como campesinos, no necesitamos eso, hemos vivido muchos años sin esas comodidades y podemos seguir viviendo sin ellas. Yo lo prefiero a tener cerca una central nuclear", concluye Yuki. La joven japonesa se siente preocupada por su familia y por el futuro. "Dicen que va a haber otro gran terremoto, y como sea otra vez en el noreste, muchos pueblos van a desaparecer", manifiesta con inquietud.